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Opinión | Escándalo global
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Epstein en España

En un país mínimamente normal se reclamaría urgentemente que todo un expresidente explicara con suma precisión qué contenían los paquetes enviados por el pederasta

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Lucía Feijoo Viera

Uno de los efectos colaterales del caso Epstein es que ha servido para confirmar las peores teorías conspiranoicas. Efectivamente, una execrable élite de millonarios y/o poderosos traficaba con niñas, dinero e influencias, a veces en una remota isla, a veces en las grandes capitales del mundo, a veces solo por correo. Una mezcla aberrante de depredadores sexuales, corruptos y perturbados se ha dedicado a promover el mal sin que nada ni nadie los detuviera, en un ejercicio de impunidad que confirma que, efectivamente, no hay mejor amnistía que la que proporciona una holgada cuenta corriente. Hasta que, por fin, se ha empezado a filtrar el horror y el mundo asiste perplejo a la confirmación de esta pesadilla. Lo cierto es que la ola putrefacta de Epstein avanza rápidamente y ya amenaza la estabilidad de algunos países. Desde el Reino Unido y Noruega, sacudidos desde sus propias monarquías, hasta Francia y, evidentemente, Estados Unidos, el hedor de esta marea de porquería es cada vez más insoportable.

¿Y qué sucede en España? Pues que, curiosamente, las réplicas del terremoto todavía son de una sorprendente baja intensidad. De momento, no hay rastro de ningún delito, pero sí aparecen dos grandes nombres en situaciones que merecen ser aclaradas. Juan Carlos I es mencionado cinco veces, en referencia a futuras reuniones concretas, y José María Aznar es el destinatario de dos paquetes, uno de los cuales en la misma Moncloa, además de figurar en la lista de contactos de Epstein junto con su célebre yerno Alejandro Agag. José Manuel Albares se refirió a este último hecho en su comparecencia en el Senado, y el expresidente amenazó con querellarse contra el ministro a través de la fundación FAES. Por mucho que Aznar haya reaccionado haciéndose el escandalizado, lo cierto es que en un país mínimamente normal se reclamaría urgentemente que todo un expresidente explicara con suma precisión qué contenían los paquetes enviados por Epstein, por qué los recibió en sede gubernamental y qué tipo de relación habían entablado para que se produjeran estos envíos. De momento no solo no sabemos nada, sino que nadie le ha exigido que lo explique. La derecha mediática guarda un previsible silencio, pero se encuentra con un grave problema: a medida que el terremoto Epstein avanza en todo el mundo, más difícil es intentar no hablar de sus ramificaciones locales. Más que los hechos en sí mismos, lo que es significativo es el estruendoso silencio que les acompaña. Porque no estamos hablando de un asunto cualquiera. Es la trama de abuso sexual, político y económico más global y perversa jamás conocida, y cualquier ínfima gota de nuestra política que aparezca en este asqueroso lodazal debe ser investigada hasta el final. Les pido un sencillísimo ejercicio: ¿Se imaginan qué apocalipsis estaríamos viviendo en España si fuera Pedro Sánchez el que hubiera recibido en la Moncloa un paquete de Epstein? Atención, porque el fango de este espeluznante caso al final termina saltando, como vemos en otros países, todos los muros de contención.

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