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Periodista
El vínculo atlántico se cuartea sin remedio

Marco Rubio (izquierda) estrecha la mano a Viktor Orbán. | ALEX BRANDON / AP
Una coincidencia básica gana adeptos a ambos lados del Atlántico a raíz de la intervención del secretario de Estado, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich del pasado fin de semana: la idea de Occidente que anima el discurso de la Administración de Donald Trump tiene poco que ver con la que es ampliamente mayoritaria en Europa. Se diría que se trata de dos miradas incompatibles. Jamelle Bouie, un reputado analista de The New York Times, tituló su artículo de esta semana con una afirmación tan categórica como Marco Rubio está fallando en la civilización occidental; el editorial del lunes del diario Le Monde no era menos explícito: “Cuando el secretario de Estado asegura que ‘América traza el camino hacia un nuevo siglo de prosperidad’ y que invita a sus ‘preciosos aliados’ y a sus ‘más viejos amigos’ a unirse a él, da por hecho que estos últimos renuncian a ser lo que son”.
Quienes estiman que tales comentarios pecan de exagerados no tienen más que caer en la cuenta de que Rubio prolongó su estancia en Europa con dos visitas tan reveladoras como las que hizo a dos socios de la Unión Europea, Eslovaquia y Hungría, sobre cuyos gobernantes es obligado preguntarse qué comparten aún con la aplastante mayoría de sus pares europeos. Porque lo menos que cabe decir de Robert Fico y, sobre todo, de Viktor Orbán es que desempeñan el papel de caballos de Troya de Vladimir Putin en el seno de la Unión, es decir de infiltrados de la principal amenaza de seguridad que afrontan los europeos y del nuevo aliado elegido por la Casa Blanca para zanjar la guerra de Ucrania -cumple cuatro años el próximo martes- y para hacer negocios con Rusia a espaldas de sus así llamados preciosos aliados.
Así están las cosas y no cambiarán. Los aplausos que siguieron al discurso de Marco Rubio en Múnich fueron precipitados y ni siquiera estuvieron justificados como un gesto de cortesía. El secretario de Estado hizo que por un instante se olvidaran las bravuconadas del vicepresidente J.D. Vance de hace un año, pero las formas no cambiaron el fondo del mensaje: la oferta es de sometimiento a un futuro diseñado por Donald Trump y su entorno, con un peso relevante de los tecno-oligarcas en el propósito desregulatorio a toda máquina que inspira tal diseño. Es certero el exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin al reclamar firmeza: “Es importante que toda Europa tenga la fuerza de defender el multilateralismo”. Está en lo cierto cuando reprocha a Ursula von der Leyen su claudicación ante el castigo arancelario y la imagen ridícula del 19 de agosto en el Despacho Oval con Volodimir Zelenski, Mark Rutte y varios dirigentes europeos sentados frente a la mesa de Donald Trump como “colegiales atentos a las lecciones del maestro”.
El vínculo atlántico se cuartea sin remedio porque no hay un posible punto de encuentro que no suponga una claudicación. Entraña la estrategia de Donald Trump la obligación ineludible de los aliados de plegarse a sus designios; hay en la insistencia de J.D. Vance de referirse a la decadencia de Europa el objetivo de demediar la Unión Europea, minar su proyecto político y romper el multilateralismo como posibilidad de entendimiento alternativa a las áreas de influencia a las que aspiran los autócratas que marcan el paso: el propio Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin. Pero se detecta asimismo en la insistencia de Vance en la decadencia de Europa un esfuerzo permanente por encubrir tres factores que encuadran una hipotética decadencia de Estados Unidos: la polarización política extrema, la crisis posindustrial y una deuda equivalente al 132% del PIB, inasumible y condenada a crecer con el consiguiente efecto debilitador del dólar.
El nobel Paul Krugman afirmó el pasado noviembre: “Deberíamos revertir todo lo que ha hecho Trump hasta ahora, es una estupidez y nada tiene sentido”. Se refirió, claro, al programa económico impulsado por el presidente, con el resultado inmediato de que “debilita a Estados Unidos” y “tanto China como Europa pueden acabar dominando el mundo”. Varios think tank estadounidenses alejados de la órbita trumpista comparten con matices la opinión de Krugman, ven en el choque de la Casa Blanca con el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, el riesgo de un mayor debilitamiento del cambio del dólar frente al euro -ahora alrededor de 1,18- en cuanto le suceda en mayo Kevin Warsh, y añaden la tormenta política que se vislumbra en el horizonte con las elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre. Frente a esa realidad, no es Europa una balsa de aceite y consensos rutilantes, pero mantiene razonablemente saneada la vida institucional, y los partidarios de saltarse todas las reglas, que los hay, tienen una influencia limitada o, por lo menos, controlada.
En la cultura política europea tiene un peso decisivo el recuerdo del fascismo y del nazismo, una experiencia histórica por la que no pasó Estados Unidos. No han sentido los estadounidenses en carne propia el precio a pagar por los totalitarismos que devastaron Europa, y enfrentan ahora un proyecto de naturaleza ajena a su cultura política que pretende llenar todos los espacios, controlar la información en todos los ámbitos y encerrarse en un aislacionismo desafiante al que le molesta en grado sumo el prurito democrático europeo, porque ve en él un obstáculo para que prosperen sus planes. El caso es que la distancia entre Donald Trump y Kamala Harris en 2024 fue de dos millones de votos -cifras redondas: 77 a 75- y, desde enero del año pasado, no ha dejado de caer el índice de aceptación del presidente. Esto es, quizá hoy los discrepantes con la deriva del mandato de Trump son mayoría, incluida en ella una parte del conglomerado MAGA, y la fractura social robustece una movilización de la calle siempre en aumento. Cuando aparece en un canal de Youtube un grupo de jóvenes universitarios que dice literalmente “no entender a qué viene la pelea con Europa” es que el disparate ha llegado a la calle y tiene una capacidad de difusión ilimitada. Cuando un personaje tan extremadamente peligroso como Elon Musk afea a Pedro Sánchez la regularización de inmigrantes -“El sucio Sánchez es un traidor a España”-, algo sumamente viciado se ha adueñado del escenario y Europa no puede hacer otra cosa que responder con hechos reconocibles a la amenaza que se cierne sobre su compromiso con la democracia y los derechos humanos. Son enormes los riesgos de futuro que entraña no poner a salvo tal compromiso.
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