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Opinión | Décima avenida
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Las izquierdas y el carajo

El problema del progresismo igual no es solo de ingeniería política (listas únicas, grupos coordinados), sino de relato y de proyecto creíble para una sociedad en la que el colectivo de izquierdas sufre una hemorragia

¿Qué aclaró y qué dudas dejó Rufián sobre su llamada a la unidad de la izquierda?

Leonard Beard.

Leonard Beard. / 5

Supongo que en algún cenáculo de Madrid con línea editorial a la derecha o más allá estarán ya preparando el nombramiento de Gabriel Rufián como español del año, al estilo de la celebérrima portada del diario ‘ABC’ dedicada a Jordi Pujol, que consagró al ‘president’ como un dirigente moderado, garante de la estabilidad y un tipo de fiar dentro del orden constitucional. ¿Qué mejor forma de definir así a Rufián, que ha pasado de las 155 monedas de plata a proponer un frente común de izquierdas en nombre del obrero de Vallecas? Poca broma: un reconocimiento de este tipo sería la mejor forma de desactivar el frente común de izquierdas en Catalunya antes de que nazca. Mano (derecha) de santo.

Según lo explica Rufián, el asunto es una pura necesidad de autodefensa: «O nos ponemos de acuerdo o nos vamos al carajo», y en ese «nosotros» se incluyen los soberanistas y la izquierda a la izquierda del PSOE. Al carajo, según lo ve Rufián, se va girando a la derecha con Feijóo del brazo de Isabel Díaz Ayuso y, después, torciendo aún más a la derecha con Santiago Abascal. Y, de ahí, al infinito y más allá del imaginario ultra: españolización de las escuelas, recentralización del Estado, demolición de las políticas de género y ambientales, desmantelamiento del sistema de bienestar, persecución de los migrantes al estilo del ICE... El carajo está en Mar-a-Lago.

En el acto de presentación de las propuestas de Rufián en Madrid, el diputado de ERC propuso una receta de “ciencia, método, orden”, que se traduce en que en cada territorio se presente solo la lista de la izquierda que más sume y que, después, en el Congreso, se forme un «grupo interparlamentario común coordinado», con el objetivo de alcanzar una mayoría parlamentaria con el PSOE. Impecablemente democrático, este “ciencia, método, orden” es también la quintaesencia del respeto de las reglas, empezando por la ley electoral. Todo muy aseado y alejado del asalto a los cielos, las enmiendas a la totalidad al régimen del 78 y el ‘sorpasso’ al PSOE. Lo dicho, pura autodefensa: “Si no, nos van a fusilar políticamente”.

Suele acusarse a los políticos de vivir al margen del resto de la sociedad, interesados solo en el poder. Se les atribuye, pues, una visión cínica de la cosa pública. Por eso, son pocos los que atribuyen a Rufián intenciones puras: personalista, ambicioso, traidor al independentismo, “vedette”... son algunas de las críticas que recibe por su propuesta.

Quizá sea cierto. Pero, con todas sus imperfecciones, Rufián propone lo que, en cierto modo, ya está sucediendo en esta legislatura, con todos sus errores (cometidos en gran medida por Pedro Sánchez): hay una mirada a España centralista, conservadora y uniformizadora, y hay otra periférica, plural, muy compleja, que comparte la melodía, pero no la letra. El pacto de investidura y el desarrollo de la legislatura pueden explicarse así (aunque ni mucho menos solo de esta forma), y Rufián propone profundizar en este camino.

De entrada, la idea lanzada por Rufián le marca terreno al PSOE: el sentido opuesto al carajo es el frentismo, no los crecientes cantos de sirena que piden una gran coalición. La idea tiene múltiples problemas (internos, de egos, de aparato, de listas electorales...), pero uno de los más importantes es conceptual: su «ciencia, método, orden» parece asumir que en España hay una mayoría de izquierdas, pero mal articulada, peor representada y desmotivada y desmovilizada. Puede ser. Pero también es posible que no; que el auge de la derecha no solo sea cuestión de mala organización, sino algo más profundo: que el cordón sanitario a la extrema derecha se ha demostrado contraproducente, que los electores abandonan el progresismo, que las preocupaciones, aspiraciones y recetas de la izquierda hoy no se perciben como útiles para solventar los problemas.

En el mismo acto de Madrid, Delgado, dirigente de Más Madrid en la asamblea regional, lo resumió muy bien: el problema de las izquierdas no es simplemente de unidad, sino que la derecha les ha robado banderas como la libertad y la seguridad, y colectivos como el de los jóvenes. Ante el orden, la ciencia y el método, ofrece indignación, rebeldía y revolución (aunque sea reaccionaria). “¡Viva la libertad, carajo!”, como dice Javier Milei. El reto no es que las izquierdas logren ponerse de acuerdo para no irse al carajo, sino si son capaces de disputar la idea de qué significa hoy vivir mejor.

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