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Periodista
Cholo Simeone, suspiro a suspiro
Tras más de 14 años en el Atlético, los amigos y enemigos del argentino anuncian el fin de ciclo de un entrenador que ha cambiado la historia del club rojiblanco

Cholo Simeone. / Redacción
No es sano para un entrenador de fútbol estar más de cuatro años en el mismo proyecto. Es un ciclo muy restringido, pero en el que, si de verdad hay encaje entre los actores, se produce la construcción, la explosión y el legado. A partir de ahí, los vicios empiezan a quitarle sitio a las virtudes y la novedad deja de tener efecto. Diego Pablo Simeone lleva más de 14 en el cargo. En las cinco grandes ligas, solo el colista de la Bundesliga, Frank Schmidt, tomó antes posesión que el Cholo, un caso extraordinario que desafía la lógica del fútbol de élite. Sin embargo, el partido a partido, filosofía por excelencia del argentino, se ha convertido en una suerte de carpe diem para él y para el club cuya historia reciente cambió.
No hay Simeone sin Atlético y viceversa. Cuando el exjugador rojiblanco asumió la dirección, la entidad era la cuarta del fútbol español, por detrás del Valencia. Bajo el mandato cholista se ha pulverizado esa distancia. Con todo, él mismo ha reconocido el solapamiento de las distintas velocidades que se han ido dando a lo largo de estos años. Primero, el equipo creció por encima de la institución. Después fue al revés. Terminó por haber un alineamiento entre ambos ritmos. Desde la compra del fondo estadounidense Apollo en noviembre de 2025, estas realidades entrelazadas están más disociadas.
La llegada de Mateu Alemany a la responsabilidad deportiva ha metido en un mismo corral a dos gallos. El balear es considerado como uno de los mejores directores deportivos del mundo. Bajo su mandato, el Mallorca ganó la Copa, construyó el último Valencia que fue competitivo, fue el arquitecto de un Barça en tiempos de guerra y hasta Florentino le llegó a ofrecer la dirección general del Real Madrid tras ganar sus primeras elecciones. Alemany y Simeone, ambos hombres de fútbol, pero el segundo, hombre de club; más en concreto, el que ha diseñado a su imagen y semejanza durante todo este tiempo.
Detrás de las Ligas, las Europa League o la Copa del Rey ganada al Real Madrid en el Bernabéu, también han existido episodios de apretar los dientes. Refuerzos que no llegaron y otros que se fueron. Críticas por el salario que percibe Simeone a cambio de una falta de ambición en los últimos años, de la que él se defiende con su propio realismo. Seguramente, cualquier comentario a pie de la página más triunfal del club quedaría anulado si, en aquellas finales de Champions frente al Real Madrid, Dios hubiese parado el cronómetro para evitar el gol de Ramos y movido el palo para el penalti de Juanfran.
El argentino le pide siempre a una entidad divina la responsabilidad por esos fallos. Él no tiene explicación, como para la mayoría de las derrotas que vienen acompañadas de un lacónico «los chicos lo dieron todo». Como si el destino estuviese ya escrito y solo quedase estar en la banda, dando vueltas de un lado para otro, para comprobar cómo se decide el partido. Simeone provocó una revolución exitosa que logró cambiar la mentalidad de un aficionado colchonero acostumbrado a recrearse en las derrotas. El Atlético se ha consolidado en la élite europea y, con un nuevo socio inversor que Miguel Ángel Gil Marín llevaba años buscando con ahínco, el futuro estaría por construirse.
El Cholo ya es abuelo. No soportó que en Anfield le gritasen al oído. Da advertencias a los jóvenes, como Vinicius, de lo que pueden hacerles los mayores si no cambian de actitud. Y el rostro más combativo ha dejado paso a un entrenador que mira con más cariño los recuerdos que lo que está por venir. Esa melancolía es la que le lleva a confundir la acelerada pronunciación de top ocho con algún jugador italoargentino que nunca llegó. Una anécdota, pero que refleja la brecha que hay entre un comandante y todo lo que le rodea. Tiene la responsabilidad de convertir a Julián Álvarez en una estrella generacional, pero él, lo que realmente añora, es a Godín, Luis Felipe o Gabi, que le hacían la vida más fácil.
Los hay que repican campanas con un fin de ciclo en el Atlético. Los que más tiran de la cuerda son sus enemigos. Aquellos que han sufrido la vocación de un líder cuyo legado -su hijo Giuliano acaba de renovar hasta 2030- en el Atlético pervivirá incluso si no decide ir más allá de 2027, cuando termina su contrato y el Metropolitano acoge la final de Champions. Un apache en la reserva rojiblanca, con retos por cumplir en Italia o incluso en Argentina. Un partido a partido convertido en suspiro a suspiro, tan simple como contundente el suyo, un ejercicio contra la obsolescencia programada de los banquillos.
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