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Opinión | Revelaciones
Andreu Claret

Andreu Claret

Periodista y escritor. Miembro del Comité editorial de EL PERIÓDICO

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El perturbador mundo de Epstein

El asunto no va solo de sexo. Forma parte de la batalla racista y machista que sacude a Norteamérica

Jeffrey Epstein, el rey de las finanzas que odiaba a las mujeres

¿Quién destapó el caso Epstein?

El pedòfil Jeffrey Epstein, en una imatge del seu arxiu personal. | AFP

El pedòfil Jeffrey Epstein, en una imatge del seu arxiu personal. | AFP

No se confundan. El caso Jeffrey Epstein no es algo así como una versión de 'Sexo en Nueva York' más subidita de tono. Probablemente, esta ha sido la intención de Donald Trump, al aceptar que se dieran a conocer unos tres millones más de páginas de un afer cuya auténtica dimensión y naturaleza se llevó Epstein a la tumba cuando se suicidó, o le suicidaron. En cuestiones tan escabrosas, como en tantas otras, la mejor defensa es el ventilador. Mejor aceptar que Trump era uno más de unas orgías que implicaron a media élite estadounidense que responder a acusaciones específicas de sus víctimas, debieron pensar los asesores del presidente. Al fin y al cabo, ya se sabe cómo es: un juerguista impenitente. O algo más, a tenor de las palabras que le grabaron en una ocasión: “Cuando eres una celebridad, puedes hacer lo que quieras con las mujeres. Agarrarlas por el coño. Puedes hacer de todo". De todo es lo que ocurría en la isla de Epstein a la que Trump voló ocho veces, según los últimos documentos hechos públicos. No sabemos todavía hasta dónde llegó el horror, pero la encantadora isla de Little Saint James no era como un apartamento de aquella serie famosa en la que un Donald Trump más joven hizo un cameo relacionado con la Viagra. Estaba poblada por mujeres más jóvenes, algunas menores de edad, que sufrieron acoso, violencia y violaciones.

Por el momento, la publicación de los documentos ha producido el efecto pretendido. Ha inundado el debate público con cientos de nombres que van desde Trump hasta Clinton, pasando por 'royals', empresarios billonarios, amigos y enemigos del presidente y hasta algún pobre diablo. Si incluso Noam Chomsky se subió al siniestro avión del amigo Jeffrey, por qué no iba a hacerlo Trump. Encharcar las redes de datos es siempre una estrategia ganadora, sobre todo cuando estas pertenecen a visitantes habituales de Little Saint James. Aquí paz y después gloria. Aunque sea a costa de regalarle al amigo Putin una oportunidad de oro para recordar la necesidad de luchar contra este Occidente degenerado, que supura por los poros del caso Epstein.

El asunto no va solo de sexo. Forma parte de la batalla racista y machista que sacude a Norteamérica. Sus verdaderos protagonistas no son la conseguidora Ghislaine Maxwell. De hecho, las fotos de Epstein más reveladoras no son aquellas en las que manosea a niñas. Son las de las cenas en Harvard, con intelectuales de relumbrón. Lo más perturbador de este mundo epsteiniano es que está formado por multimillonarios tecnológicos y académicos involucrados en una visión excluyente del futuro como la que tiene Elon Musk. Epstein donó millones para especular sobre las diferencias genéticas. Llegó a fantasear con congelar su cerebro y su pene para futuros proyectos transhumanistas. Soñaba con embarazar a mujeres para crear un patrimonio genético superior. Como dice Virginia Heffernan, que ha estudiado esta colusión siniestra entre tecnología, sexo y poder, intentó legitimar ideas que creíamos enterradas.

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