
Presidente del Comité Editorial de EL PERIÓDICO.
La Constitución y los diputados
La división entre nacionalidades y regiones no ha funcionado y el sistema autonómico se ha creado con un desorden acumulativo que acaba por no satisfacer a nadie
47 años, dos meses y 15 días: la Constitución se convierte en la más longeva de la historia de España

Acto institucional ‘Nuestra Constitución más longeva’. Los reyes Felipe VI y Letizia. / José Luis Roca
47 años es un aniversario irrelevante. Pero no para la Constitución del 78, porque es la más longeva de las nueve de nuestra historia. Quizás porque -tras la dictadura- fue fruto de un gran consenso, desde los exfranquistas de Manuel Fraga hasta los comunistas de Carrillo. Y además fue ampliamente respaldada en un referéndum, por el 87,8% de los votos.
¿Balance? Positivo, con reparos. Según el CIS, más de las tres cuartas partes de los españoles creen que ha contribuido al progreso económico y social y a mejorar el papel de España en el mundo. Pero, pero, pero… el 43%, contra el 20%, dice que su opinión sobre ella ha empeorado en los últimos años y -más grave- el 58%, contra el 37%, tienen poca confianza en que ayude a encauzar los problemas actuales.
Así, el 85% -casi el mismo porcentaje que votó la del 78- cree que debería reformarse. El drama es que no puede hacerse porque toda reforma sustancial -no las tres cosméticas realizadas- exigiría un consenso muy alto. Hoy, imposible y casi impensable. Pedir la reforma de la Carta Magna es, pues, poco más que un brindis al sol. De ahí la frustración.
¿Qué no ha funcionado? La cohesión territorial, que quiso garantizarse con la -entonces necesaria, pero falsa- división entre “nacionalidades” y regiones-, ha sido inoperante. Nacionalidad era el término para que el Ejército tragara que Euskadi y Catalunya son naciones (o casi naciones) con lengua propia. Y el Estado autonómico -con Euskadi con un régimen especial- se ha ido construyendo a partir de las demandas catalanas, a las que luego las otras comunidades -empezando por la Andalucía entonces felipista- han ido queriendo equipararse. El resultado no ha sido un federalismo racional -aunque fuera asimétrico-, sino un desorden acumulativo remendado.
No solo Euskadi y Catalunya -se tuvo que suspender la autonomía con el 155- no están cómodas, sino que tampoco lo están ni el Gobierno central ni las otras comunidades. Hasta el punto de que el Senado, que debería ser -como el Bundesrat alemán- la cámara territorial, casi se ha convertido en un cementerio de elefantes.
Y cuando el bipartidismo -que no lo creó la Constitución, sino que fue fruto del resultado electoral- ha perdido fuerza y los dos grandes partidos no saben acordar nada, las instituciones sufren. Hoy, para media España lo único relevante es echar a Pedro Sánchez. Como sea. Y para la otra media -si Euskadi y Catalunya son España-, que no mande la derecha. Más frustración y combustible para una extrema derecha que sube.
Pero muchos males españoles vienen del sistema electoral. Al contrario de lo que pasa en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y otros países, aquí los diputados no son elegidos uno a uno en cada distrito electoral, sino en listas cerradas provinciales. Se pactó en la ley preconstitucional de 1977 y entonces tenía sentido. Con un Gobierno aún no elegido, los distritos uninominales eran una quimera y las provincias ya existían. Y convenía que todos los líderes estuvieran en el Parlamento y que ningún espabilado diputado de distrito pudiera dejar fuera a, por ejemplo, un Tierno Galván.
Pero los años lo van corrompiendo todo. Un diputado de distrito tiene que escuchar tanto a sus electores -que son los que le votan- como a la cúpula del partido. Debe sintonizar con las inquietudes ciudadanas y es más libre. El diputado de lista tiende a convertirse en un funcionario del partido. Si el mandamás de turno cree que no es dócil… pues le quita de la lista. O lo pasa del tres al cinco para que no resulte elegido y pierda su salario.
Buena parte de la gran crispación actual se debe a que los capataces de los líderes imponen sus estados de ánimo y su cabreo a toda la cámara. Y los insultos lo agravan todo. El gran drama es que cambiar el sistema electoral es casi tan quimérico como reformar la Constitución.
Ninguna cúpula -ni del PSOE o del PP, o incluso del PNV o ERC-, quiere. El miedo a que un diputado de distrito, con personalidad y que sepa cuidar a sus electores, pueda convertirse en un electrón libre y desobedecer a la calle Ferraz, o Génova, o Calàbria, es fuerte.
Así, la democracia representativa pierde empuje y vitalidad, aunque -eso sí- las cúpulas viven mejor. Pero las cúpulas… solo son cúpulas.
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