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Opinión | Gárgolas
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Alguien pinta la escena

El curling (que no deja de ser una petanca cara y sofisticada) representa la esencia misma del deporte. Quiero decir que es una solemne tontería para pasar el tiempo

Bendito seas, querido curling: granito solo escocés en la gran atracción olímpica

Los jugadores noruegos barren el hielo durante la competición olímpica de curling.

Los jugadores noruegos barren el hielo durante la competición olímpica de curling. / World Curling

Los Juegos Olímpicos funcionan como un imán que atrae con la misma fuerza telúrica de las piedras escocesas que chocan entre ellas y hacen un pequeño ruido plutónico al deslizarse sobre la superficie helada. No oiremos hablar de todo esto hasta dentro de cuatro años, pero, por ahora, la distracción del invierno es este alud (si se me permite la expresión) de disciplinas que se convierten en espectáculo y disfrute para los ociosos.

Nos quedamos embobados ante un descenso vertiginoso. Ya sé que es un tópico, pero con la incorporación de los drones dirigidos por una célula incorporada en la vestimenta de los esquiadores no hay adjetivo que se adecue más a la velocidad (ahora ciertamente experimentada por el espectador en toda su magnitud) que el que proviene de este vértigo. Ocurre también con los saltos, que es un deporte que parece plácido (producto de la resaca de cuando los veíamos el día de año nuevo) y que, con las nuevas cámaras, se convierte en una especie de viaje desconocido hacia el vacío.

Nos quedamos embobados, pues, ante la velocidad y la precisión, como ocurre con el (cada cuatro años) famoso curling, esa práctica ancestral (tiene casi quinientos años de historia) que se convierte en la más curiosa de las disciplinas olímpicas, no solo por su procedencia, sino por los detalles anecdóticos que atesora, como el de las piedras de granito que solo se fabrican en una remota isla de Escocia.

¿Cuántos deportes pueden decir que tienen el certificado de nacimiento en una pintura de Peter Brueghel el Viejo? En 'Paisaje de invierno con una trampa para pájaros', aparecen unos chicos que juegan al curling, desconocedores de que al cabo de los siglos este divertimento se convertiría en un reclamo universal. Más allá de las bromas y del hecho que utilicen cepillos para que el cilindro achatado se desplace unos metros más de la cuenta, el curling destaca porque los árbitros son casi inexistentes. Los jugadores se lo montan solos, como quien dice, algo impensable en el mundo del deporte profesional. En estos Juegos de Milano-Cortina, ha habido una polémica que ha creado la necesidad de controlar más los partidos. Los deportistas se han negado, porque, dicen, va en contra del espíritu fundacional. Como ocurre, de hecho, con las partidas de petanca en los casales de jubilados.

El curling (que no deja de ser una petanca cara y sofisticada) representa la esencia misma del deporte. Quiero decir que es una solemne tontería para pasar el tiempo. Como todos los demás. ¿Qué sentido tiene deslumbrarse por la jugada magistral de un futbolista o por el juego agresivo de un señor (o señora) que es capaz de colocar una pelota en un rincón preciso de un campo de tenis? Ninguno. Todos los deportes, poco o mucho, son producto de este empeño que no es sino una lucha contra el tiempo que se escurre y contra el aburrimiento extremo en un combate incesante (y perdido) contra la nada. Las reglas están ahí para ofrecer una apariencia seria, pero, al final, solo somos aquellos chicos que juegan sobre el hielo y esos otros chicos que lo miran mientras alguien pinta la escena.

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