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Opinión | Legislación
Pilar Rahola

Pilar Rahola

Periodista y escritora

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En la buena dirección

La aprobación de la ley contra la multirreincidencia deja descolocado el populismo extremo, poco avezado a que los partidos tradicionales antepongan la resolución de los problemas a la trifulca ideológica

Deberían hacerse todos reincidentes

¡Mayoría de 302 diputados!

a portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, y el diputado de Junts Josep Maria Cruset, durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, a 12 de febrero de 2026, en Madrid (España). El Pleno del Congreso acoge hoy el debate y la votación del dictamen de la Comisión de Justicia de la Proposición de Ley Orgánica en materia de multirreincidencia, por la que se modifican el Código Penal y la Ley de Enjuiciamiento Criminal. 12 FEBRERO 2026 Alberto Ortega / Europa Press 12/02/2026. Miriam Nogueras;Josep Maria Cruset;Alberto Ortega

a portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, y el diputado de Junts Josep Maria Cruset, durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, a 12 de febrero de 2026, en Madrid (España). El Pleno del Congreso acoge hoy el debate y la votación del dictamen de la Comisión de Justicia de la Proposición de Ley Orgánica en materia de multirreincidencia, por la que se modifican el Código Penal y la Ley de Enjuiciamiento Criminal. 12 FEBRERO 2026 Alberto Ortega / Europa Press 12/02/2026. Miriam Nogueras;Josep Maria Cruset;Alberto Ortega / Alberto Ortega / Europa Press

Coincido plenamente con Albert Sáez y Joan Tapia, en sendos artículos que han publicado sobre la ley contra la multirreincidencia que se ha aprobado en el Congreso. Tapia habla de un “sonoro triunfo” de Puigdemont, que ha conseguido el milagro de 302 diputados a favor de su iniciativa: desde el PNV hasta el PSOE pasando por el PP y Vox, una anchísima mayoría de la cámara han votado, no en términos ideológicos, sino en términos de servicio público. Detrás de ello, el amplio abanico de alcaldes de todos los colores políticos, que conocen a pie de obra el enorme estrés social que representa la multirreincidencia. Solo han quedado fuera del consenso los votos de la izquierda ultra -de Sumar a Podemos, acabando en Bildu-, y la extraña abstención de una ERC que, ideológicamente, hace tiempo que vaga por el espacio sideral. El resto, todos alrededor de una iniciativa de Puigdemont, capaz de conseguir desde Waterloo romper momentáneamente el delirio en que está inmerso el debate parlamentario.

El artículo de Sáez va en la misma dirección, poniendo el dedo a la llaga: la aprobación de la ley deja descolocado el populismo extremo, poco avezado a que los partidos tradicionales antepongan la resolución de los problemas a la trifulca ideológica. "Nada de esto cuadra con el esquema de la polarización que retroalimentan en Moncloa y en Génova", añade, y precisamente por eso, el éxito de la iniciativa de Junts es de enorme importancia para la salud democrática. Primero, porque rompe los inflexibles esquemas derecha-izquierda y recuerda el carácter transversal de la mayoría de problemas que nos afectan socialmente. Y segundo, porque se salta la barrera de lo políticamente correcto y entra de lleno en los problemas de fondo de los ciudadanos. La reincidencia sistémica del pequeño robo, y la constatación de la inutilidad de la ley cuando permite que los delincuentes acumulen decenas de detenciones y continúen campando por la calle haciendo todo tipo de delitos, es una sangría a la salud democrática de una sociedad, y es la primera vía de agua desde donde se cuelan los votos hacia el ultrismo populista. No olvidamos que allí donde la política no entra por miedo a la corrección política, por prurito ideológico o por simple incapacidad de tener respuestas, los extremos encuentran un maná inagotable.

Por eso, la iniciativa de Junts y el consenso parlamentario que ha conseguido es una señal en la buena dirección. A pesar de que la mayoría de dirigentes muestran su preocupación por el crecimiento de los extremos ideológicos (una preocupación a veces demasiado ficticia, y/o a veces aprovechada), el hecho es que su comportamiento no hace nada más que alimentarlo. Cuando se rehúye tratar cuestiones como la cuestión inmigratoria, o el crecimiento de la inseguridad, o el choque social con el radicalismo islámico o cualquiera de los temas 'calientes' que se hablan en las casas, pero se esconden en los micrófonos, este vacío de palabra y acción lo llenan los Vox de turno. Son los partidos que muestran una dureza verbal extrema, siempre acompañada de un aterrador vacío conceptual, y este binomio entre la dureza y el simplismo da seguridad a los que buscan desesperadamente una respuesta. Por eso hay que levantar el velo del silencio autoimpuesto y hablar, y, sobre todo, hay que actuar con decisiones valientes que den un respiro a la sociedad. Cada pequeño robo que tira al suelo a una mujer para robarle un collar, o rompe los vidrios de una tienda para entrar, o se abalanza sobre un joven para robarle un móvil, cada uno de ellos multiplicado por miles, son una fuente inagotable de miedo, regresión e inseguridad ciudadana. Sobre todo, cuando la impresión de la gente es que la ley falla, que el orden democrático no actúa y que los delincuentes tienen una permanente impunidad. Esto es la multirreincidencia: la quiebra del sistema ante el ciudadano asustado.

Es aquí donde el éxito de Junts con esta ley se convierte en un modelo a seguir para combatir los populismos extremos. La prueba: Vox ha tenido que votar la ley para no desmentirse pero, a la vez, al votarla, ha perdido su poder. No se combate a Vox o AC u a otros populismos extremos con retóricas grandilocuentes, ni con peticiones ruidosas a boicots imposibles -que se saltan los mismos que las piden-, sino con acción política. Tratar los problemas más calientes de la sociedad, y encontrar la manera de dar respuesta. No hay otra vía.