Opinión

Escritora
¿Y si empezamos a pasárnoslo bien?
Se nos ha olvidado la alegría de compartir, la curiosidad ante lo desconocido, el interés por las opiniones distintas, la riqueza de la diversidad y, sobre todo, reírnos de nosotros mismos

Persona feliz / 123RF
No hay día que no nos escandalicemos ante las muestras de autoritarismo, que no hagamos inventario de los horrores ni que lloremos por todos los errores. Pensar, argumentar, discutir es importante, pero nada de esto está cambiando el curso de lo que parece inevitable. Los liderazgos, los mensajes y los canales se han convertido en provocadores y agitadores de las emociones negativas. Y las redes han conseguido multiplicar su efecto.
La ideología es de cada uno, pero las emociones son compartidas. El miedo y el rencor atraviesan a la mayoría. Unos están aterrorizados porque creen que una invasión musulmana saqueará sus casas y violará a las mujeres. Otros viven angustiados porque la democracia se escurrirá por el desagüe de Vox. Sufren las personas que no llevan los ochos apellidos patrios reflejados en sus rasgos, los que observan cómo los derechos LGTBIQ se están cuestionando, las feministas que temen perder lo ganado. Algunos chicos jóvenes escupen contra una igualdad que creen que les discrimina. Rabian los que no soportan un solo día más de Pedro Sánchez y rabian los que no aguantarían un solo día de Santiago Abascal en el gobierno. ¿Hay alguien que lo esté pasando bien?
Todo estratega político sabe que los mensajes negativos son una herramienta poderosa. El problema es el desbordamiento. Vivimos días de ira y espanto. La razón permanece acallada por unas emociones alimentadas por líderes desmedidos que han hecho de la imprevisibilidad, los insultos y las amenazas una identidad. La indignación, la ansiedad y el resentimiento se reflejan en la ciudadanía.
En una entrevista reciente en El País, la artista Mari Chordà compartía una sensación: “a las feministas se les ha olvidado lo bien que se lo pueden pasar juntas”. Y yo añadiría: ¿solo a las feministas? Se nos ha olvidado la alegría de compartir, la curiosidad ante lo desconocido, el interés por las opiniones distintas, la riqueza de la diversidad y, sobre todo, reírnos de nosotros mismos. Nos hemos tomado demasiado en serio y hemos levantado empalizadas en torno a nuestra propia individualidad, olvidándonos de que las fortalezas compartidas son las únicas que protegen verdaderamente.
Será difícil que la idea prosperé en un espacio político tan atomizado, pero la iniciativa es poderosa porque rompe con la inercia y la resignación. El miedo y la ira movilizan con rapidez, pero algunos de los movimientos más transformadores de la historia se apoyaron deliberadamente en las emociones más elevadas: esperanza, dignidad, fraternidad. No era ingenuidad, era la elección de otro combustible. “Quien pueda hacer, que haga”, dijo alguien. Pues hagamos. Un eco que atraviese despachos institucionales y salones familiares, lugares de trabajo y locales parroquiales, aulas y espacios de creación… Una corriente emocional a favor de la convivencia. Cada cual aportando lo suyo: reflexión, activismo, ética, solidaridad, creación o comunicación. No se necesitan argumentos alambicados, tan solo demostrar que se puede bailar juntos. Y pasarlo bien.
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