Opinión | Política y redes sociales
La democracia viral

Gabriel Rufián, diputado de ERC, en su escaño del Congreso / José Luis Roca
Cuando TVE hacía programas culturales, Borges repitió en una entrevista lo que había escrito poco antes en La moneda de hierro: «Descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística». Era demasiado irónico como para definir un sistema por su ideal. Porque lo que caracteriza el funcionamiento de todos los sistemas humanos casi siempre acaba siendo su defecto. Sin duda, hoy diría que la democracia es un uso desmesurado del algoritmo.
VOX y Alvise Pérez han sabido coger esa ola. En las elecciones aragonesas, Se Acabó la Fiesta ha tenido solo mil votos menos que Izquierda Unida y Sumar juntos; no le habrá dado para sacar un escaño, pero ha enseñado músculo. El partido de Abascal, que quiere acabar con las autonomías, ha sacado sólo cuatro escaños menos que el PSOE. No ha ganado las elecciones, pero ha amargado la victoria del PP.
Ambas formaciones políticas surfean las elecciones sin necesidad de pagar el precio de la estructura y del arraigo al lugar. No sé quién conoce a Alvise Pérez en Aragón, pero tiene 1,3 millones de seguidores en Instagram. En general, Abascal gana a todos en todas las redes.
Pedro Sánchez lo sabe y, por eso, amenaza con cerrar la red social X (antes Twitter) cada cierto tiempo. El leitmotiv es el peligro de la democracia. Pero combina su amenaza con espumosas disputas contra Elon Musk que le permiten hacerse viral durante unos días, al tiempo que él y todos sus ministros suben videos en Tik Tok.
Si el algoritmo devalúa el diálogo democrático, todos quieren sacar provecho de ello. Desde hace tiempo los debates parlamentarios no son más que un pretexto; es decir, el plató pagado por los españoles para la producción de vídeos debidamente editados para las redes. La discusión tiene tan poca relevancia que ha dejado de ser real. El diálogo es tan solo una representación teatral; la realidad del sistema democrático se juega en las redes.
El gran perjudicado es Feijóo. Tendría sobre el papel todo para ganar, pero tiene menos gracia que un parte médico. Sus intentos se quedan siempre en el meme. Y el problema no son sus errores. Con los mismos lapsus verbales, o incluso más, Rajoy escribió un libro de estilo con el que es difícil no simpatizar.
A Gabriel Rufián se le da mejor pescar en este mar. Por eso, se ha atrevido a tantear el terreno para generar una superestructura de izquierdas. Desde hace tiempo que se sirve de las estructuras del Estado y de las de su propio partido en Catalunya para fomentar su imagen en las redes. Sus irrelevantes y burdas preguntas en el Parlamento parecen rigor democrático en esta sociedad del espectáculo. «Representar a alguien de Algeciras no me hace menos catalán ni menos independentista». Y tiene razón: en las redes no importa el partido, el territorio o las ideas; lo único que importa es saber abusar del algoritmo.
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