
Periodista
Nadie quiere ser Mazón
En las películas, uno siempre ha mirado con envidia esos refugios subterráneos que tienen los americanos debajo de casa, a los que se accede por una puerta de madera exterior, a la altura del suelo. Se encierran ahí a la que sopla el viento y, cuando salen, la casa ha volado pero ellos se lo han pasado pipa ahí abajo
MAPA | Así va evolucionando el temporal de viento en Catalunya: las rachas van a más esta mañana

Bombers / FOTO: JORDI OTIX
En cuanto recibí el aviso de que quedaban suspendidas las actividades de ayer a causa del viento que se avecinaba, miré las previsiones del Meteocat. En mi ciudad -no sé en las otras-, efectivamente, se pronosticaba un aterrador viento de 18 km/h. Quizás no es suficiente fuerza para levantar la falda de la señora que va a la compra, pero no hay duda de que, con esa potencia, se debe paralizar el país, empezando por las escuelas: el avión de papel lanzado por un estudiante -¿continúan los estudiantes haciendo aviones de papel?- podría aterrizar un par de metros más allá de lo calculado, con todo lo que ella implica. Con 18 km/h, el viento podría incluso arrancar de las manos la cometa a un niño débil y despistado, suponiendo que antes pudiese haberla elevado, y después tiene que ir papá a recogerla quién sabe dónde, tal vez a casa del vecino. Hay que evitar esos peligros como sea, hace bien el 'governet' de paralizar todo lo paralizable, ellos mismos llevan meses dando ejemplo.
Lo primero que había que hacer ante la amenaza de esos tornados de 18 km/h era proveerse de papel higiénico, que la alarma no incidiera en ello es una prueba de que el 'governet' no está ducho en esos menesteres. Ante cualquier desastre que amenace nuestra existencia, sean vientos de 18 km/h, una guerra nuclear, una pandemia, un meteorito impactando en nuestro barrio o el esperado Armagedón, la principal preocupación -si no la única- es siempre cómo limpiarse el culo. Además, que las previsiones fuesen de 18 km/h no significa que, a la hora de la verdad, la potencia del viento no pudiera llegar a los 25km/h, y ahí sí que la mortandad entre la ciudadanía tendría tintes de masacre, por menos de eso una vez a la vecina del cuarto le volaron unas bragas que tenía tendidas al sol.
En las películas, uno siempre ha mirado con envidia esos refugios subterráneos que tienen los americanos debajo de casa, a los que se accede por una puerta de madera exterior, a la altura del suelo. Se encierran ahí a la que sopla el viento y, cuando salen, la casa ha volado pero ellos se lo han pasado pipa ahí abajo, comiendo latas de conserva y alumbrándose con una lámpara de butano, hasta ha servido para estrechar los lazos familiares. Una previsión ventosa de 18 km/h era la excusa perfecta para construir el miércoles un refugio de esos, y a ello me puse hasta que caí en la cuenta de que vivo en un tercer piso y no hace falta, porque en los bajos hay un bar que también puede servir de cobijo ante cualquier amenaza. Y además con cerveza fría, no como en las películas, que solo tienen garrafas de agua.
Gobernar hoy un país o una comunidad autónoma es lo más fácil que hay. Ante cualquier eventualidad, se manda una alarma y, a partir de ahí, la culpa es siempre del imbécil del ciudadano que no se ha quedado en casa, aunque la realidad sea que tenemos unas infraestructuras tercermundistas. Nos mandan alarma si hace viento, nos mandan alarma si hace calor, nos mandan alarma si nieva, si llueve también nos la mandan, lo mismo si la gripe se desboca, si se prevén olas en el mar y si un jabalí se come un bocata. Y si no pasa nada todavía peor, eso debe ser la calma que precede a la tempestad, o sea que también nos la mandan. Lo ideal sería mandarnos una sola alarma el 1 de enero, con validez para todo el año, así nos ahorraríamos los sustos del móvil cada vez que recibimos una.
- “¡Alerta por todo lo que pueda suceder este año! Evite desplazamientos innecesarios y actividades en el exterior. Se suspenden todas las actividades hasta el 1 de enero del año próximo, cuando le mandaremos una nueva alerta. Ya está avisado, ahora es cosa suya, el gobierno ya ha cumplido”.
La culpa es de Mazón. Desde que pasó lo que pasó, nadie quiere ser Mazón, y ante cualquier previsión que se salga mínimamente de lo normal, se curan en salud y nos encierran a todos en casa, lo cual es una excelente forma de lavarse las manos. Los ciudadanos nos hemos convertido en seres desvalidos que necesitamos la tutela del poder, ya no somos capaces de responder a los contratiempos, como sí sabían hacer nuestros abuelos. No queremos libertad, queremos amos, somos como los esclavos liberados que retrata Faulkner en uno de sus relatos, “negros que habían perdido a sus blancos y vivían escondidos por las cuevas de las montañas como si fuesen animales”. Aunque igual estaban asustados porque se acercaba viento de 18 km/h.
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