
Director de Información Económica de Prensa Ibérica.
Alertar sí, con sentido común
Es comprensible que ningún responsable político quiera hacer un Mazón; pero, de aquí, a intentar (no lo lograron) generar el histerismo colectivo en todo el territorio hay un margen muy amplio
Municipios de Girona critican la alerta generalizada por viento y reclaman medidas adaptadas: "Aquí no se mueve ni una hoja"

Un operari desmunta els tendals trencats pel vendaval d’una terrassa de la Rambla de Catalunya, ahir a Barcelona. | JORDI OTIX
El 20 de enero de 2007, la población de Portbou (Girona) alcanzó su récord histórico de racha de viento: 200 km/h. En esta población costera, limítrofe con Francia, que la tramontana sople a más de 100 km/h es habitual. «En el bar restaurante de mi familia simplemente agrupamos y atamos las sillas y las mesas de la terraza para que no vuelen. Y si hay alguien que quiere sentarse fuera, sin problemas. Allá él». Habla Gael Rodríguez, alcalde de Portbou. Almuerzo en Barcelona con él y Marc Verdaguer, director del semanario 'Empordà', del grupo Prensa Ibérica, el jueves 12 de febrero. Ese día, la alerta por viento obligó a cerrar centros educativos, centros y espacios públicos y a que las empresas recomendaran el teletrabajo dentro de lo posible.
Mientras el vendaval azotaba el área metropolitana de Barcelona, generando desgracias, en otros puntos de Catalunya no se movía ni una hoja. A lo largo del día, recibí varios mensajes procedentes del noreste peninsular y sobre las medidas extremas que había tomado la Generalitat: «¿es que se han vuelto locos en Barcelona?», preguntaban. La socarronería apuntaba a que, a partir de ahora, cuando sople la tramontana o el mistral en el norte o sur de Catalunya, todos a casa. Algunos padres incluso buscaron el lado positivo. Al menos, sus hijos no tendrán que ir al colegio disfrazados o con pijama. Para quien no lo sepa, el nivel de mamarracho educativo al que hemos llegado pide a los niños a ir todos los días de la semana de carnaval con distintos atuendos. Así va nuestra escuela pública y buena parte de la concertada. ¿Matemáticas? A quién le importan, siempre que vayan disfrazados los alumnos.
Al final del almuerzo con el alcalde más joven de España -a los 19 años asumió el simbólico bastón, tras las elecciones municipales de mayo de 2023, que ganó con mayoría absoluta representando el PSC- los móviles de todos los clientes suenan por segunda vez en 24 horas. Es ta vez para anunciar el fin de la alerta. Ladeos de cabeza entre los comensales, alguna sonrisa. Ya podemos salir tranquilos. Hemos sobrevivido.
Casos como el de esta semana deben servir para rectificar las alertas a los responsables de protección civil. Es comprensible que ningún responsable político quiera hacer un Mazón; pero, de aquí, a intentar (no lo lograron) generar el histerismo colectivo en todo el territorio hay un margen muy amplio. Si usted pretende bañarse cuando hay olas de tres y cuatro metros en medio de un vendaval, es su responsabilidad.
La obligación de los gobiernos es informar, alertar y prevenir; nunca, generar pánico o ejercer de padres. No recuerdo ningún día que se cerraran las escuelas a comienzos de los ochenta, por culpa de la tramontana en el Empordà. En aquella época, los días de viento eran muy superiores a la actualidad. Había niños/as que iban con piedras en los bolsillos para no salir volando. Lo ocurrido esta semana debe servir para ajustar errores, apelar al sentido común y pensar que Barcelona no equivale a Catalunya. No sea que acabemos como el flan: temblando siempre.
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