
Escritor.
Si no quieres morirte hoy, vete al museo
Allí, donde el tiempo se ha quedado quieto para siempre, la muerte parece no encontrar la forma de entrar

'Los fusilamientos del 3 de mayo', de Goya, en el Museo del Prado, en 2025 / José Luis Roca
Nadie muere en los museos. No es que esté prohibido, es que no ocurre. Cada día hay atropellos en las calles, infartos en los supermercados, caídas en las escaleras mecánicas, defunciones en los aeropuertos, en bares, en baños públicos, en camas ajenas. Y, por supuesto, también en hospitales. Pero en los museos no. Allí, donde el tiempo se ha quedado quieto para siempre, la muerte parece no encontrar la forma de entrar. Uno puede morir frente a un televisor, en mitad de una llamada, esperando un ascensor. Puede morir, pongamos, haciendo un sofrito de ajo y cebolla en la cocina. Pero no hay constancia de nadie que haya muerto mirando 'Las Meninas' de Velázquez, ni desangrado ante la sonrisa de la Gioconda, ni desplomado bajo 'Los girasoles' de Van Gogh. En los museos hay salas dedicadas al martirio, a la guerra, al sacrificio, al ahorcamiento, a la crucifixión, a los cadáveres gloriosos... Sin embargo, el visitante sale siempre ileso y hasta planchado. El museo es una zona neutral, un territorio sin bajas.
Quizá se deba a que la muerte, dentro de un museo, ya ha sucedido hace tiempo. Los reyes de los cuadros están muertos, sus pintores también. Están muertos los modelos, los santos, los caballos, los perros de caza, incluso las ciudades que aparecen al fondo de los cuadros han desaparecido ya. Todo lo que vemos es pasado detenido, una sucesión de fantasmas bien iluminados. Y la muerte, que es celosa, no quiere repetir su trabajo donde ya ha triunfado. El museo es una cápsula de seguridad ontológica. Allí no se vive del todo, pero tampoco se muere. Se suspende la condición biológica y uno se convierte en una especie de testigo incorpóreo, como si el cuerpo quedara aparcado en la entrada, junto a los paraguas y las mochilas. Caminamos despacio, bajamos la voz, hacemos como si estuviéramos en una iglesia sin dios o en un hospital sin enfermos.
Si un miércoles te levantas con la sospecha de que podrías fallecer, di en la oficina que estás enfermos y visita un museo. Cruza el torno y acepta el plan gratuito. Una vez dentro estarás a salvo. Podrán cerrarse las fronteras, colapsar los sistemas, caerse el mundo, pero tú seguirás allí, mirando un cuadro que lleva siglos sobreviviendo a todo.
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