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Opinión | Gárgolas
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Una danza de la muerte

En 'El barquer', el debate se concentra entre la pulsión por la violencia y el humilde deseo de llevar una vida ordenada, lejos del ruido de las armas

Crítica de ‘El barquer’: Julio Manrique firma en el Teatre Lliure una travesía irlandesa en primera clase, gran formato con un reparto excelente

Un momento de 'El barquer'

Un momento de 'El barquer' / Marta Mas Gironès

Una de las frases más famosas pronunciadas por Albert Camus hace referencia, como sabemos, a su madre. En 1957, poco después de recibir el premio Nobel, la dijo en respuesta a un estudiante que le reprochaba que no tomara posición a favor del FLN, que luchaba (con bombas y atentados terroristas) por la independencia de Argelia. “Si esto es la justicia”, dijo, “prefiero a mi madre”. Resulta que, entonces, la madre del escritor vivía en Argel y, por tanto, era una víctima en potencia del estallido revolucionario. Si la justicia quería decir matar a inocentes, Camus elegía la vida de los inocentes.

Resuenan estas palabras en el drama irlandés, 'El barquer', que estos días se representa en el Teatre Lliure. En un montaje impecable, donde sobresale la coreografía coral de la familia Carney, un mecanismo de relojería teatral con una veintena de actores que ejecutan con precisión una danza de la muerte contemporánea, el debate se concentra entre la pulsión por la violencia (todo vale si es a beneficio del bien patriótico) y el humilde deseo de llevar una vida ordenada, lejos del ruido de las armas y las voces desaforadas, pensando más en la madre (la familia, pues) que en la revuelta. Pensando en la cosecha anual que, como dice el tío Pat Carney, "es oxígeno y vida y espíritu. Y esperanza. Dios sabe que necesitamos un poco de eso en los tiempos que corren".

La esperanza es justamente lo que se desvanece cuando entra en juego la fidelidad a una ideología que se convierte en tiránica a causa de la violencia, mientras, al otro lado, la represión de los opresores es sangrienta y sin piedad. En 'El barquer', con actores inmensos (Roger Casamajor, Mima Riera, Carles Martínez, Imma Colomer y todos los demás), en este retrato de una Irlanda rural que también nos interpela, está el arrebato juvenil y la asunción de la vejez y del paso del tiempo, los recuerdos mutilados y las hondas heridas sin cicatriz. Y la muerte, siempre presente, vigilante, al acecho, y las almas que vagan “en este lado del río”, mientras quien pilota la barca, impasible, espera.

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