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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

El caso Epstein, un bochorno universal

Jeffrey Epstein, en una imagen de su archivo personal divulgada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Jeffrey Epstein, en una imagen de su archivo personal divulgada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. / AFP

La miseria moral extrema encarnada en la figura de Jeffrey Epstein tuvo un poder de contagio planetario que degrada hoy más allá de lo imaginable o intuido la foto fija de una parte no menor de las llamadas élites -económicas y políticas- y pone en franco y claro entredicho la aureola de virtudes a ellas atribuidas (autoatribuidas, se diría). A partir de la sensación de impunidad y poder absoluto de tales élites -au-dessus de la mêlée si se quiere- se activan los resortes de la desconfianza en los discursos públicos, se expande la certidumbre de que, con harta frecuencia, el papel couché, el fru-fru de los vestidos de cóctel, el rigor de los ternos marengos, las sonrisas de diseño y las dentaduras esmeriladas no son a menudo más que fachadas para la ocultación de una realidad nada modélica. Cuando compra alguien una isla -unos cuantos pueden hacerlo-, te lleva hasta ella en un jet privado para que la disfrutes a pan y cuchillo y te ríe todas las gracias, el primer reflejo debiera ser de desconfianza y sospecha, pero lo es, en cambio, de alegría y despreocupación extremas. Y así se ha llegado a ese bochorno universal de prostitución y pederastia, de fortunas enfangadas, casas reales salpicadas por el lodazal, políticos, diplomáticos y altos funcionarios metidos en el gran lío, casas y nombres ilustres deslustrados sin remedio posible.

Es inevitable preguntarse cuántas de las decisiones e iniciativas salidas de despachos enmoquetados y paredes recubiertas de madera barnizada tienen más que ver con el clímax del poder encamado que con análisis de altura, sesudas reflexiones sobre el bien común y la recta gestión de las empresas. Es inexplicable que puedan seguir en sus puestos los nombres más sujetos a sospecha que aparecen en los más de tres millones de documentos desclasificados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos; es un insulto a la decencia que haya llevado tanto tiempo saberse todo esto; es una insoportable prueba de estrés del sentido común colectivo caer en la cuenta de que han pasado siete años desde que Jeffrey Epstein se suicidó y, sin embargo, la mayoría de sus clientes -o favorecidos o secuaces, quién sabe que fueron- han seguido sin mella en su fama y crédito.

Conserva toda su vigencia y valor moral esta sentencia de La República de Platón: “Podemos perdonar fácilmente a un niño que le tiene miedo a la oscuridad, la verdadera tragedia de la vida es cuando un adulto le tiene miedo a la luz”. La verborrea parlamentaria que a partir de la dana valenciana ha emponzoñado los debates en una escalada creciente hasta llegar al accidente de Adamuz es la fea constatación de que suma militantes la voluntad de enturbiar y no la de esclarecer. No es consuelo alguno que tal voluntad encubridora tiene alcance mundial y los mecanismos de esclarecimiento topan con las artes del disimulo y el falseamiento de los hechos; es, por el contrario, la triste confirmación de que no hay forma de aproximarse a la verdad y disponer de explicaciones razonablemente precisas de cuanto sucede fuera de la norma, del día a día sin mayores sobresaltos.

Se instala así, con razón las más de las veces, la impresión de que no hay camino seguro para disponer de una versión que ilumine el desarrollo de los acontecimientos. Puede decirse que produce imitadores en muchos ámbitos el modelo de gestión seguido en el caso Epstein: debe transcurrir bastante tiempo, aumentar la presión de la opinión pública y la investigación exhaustiva de medios independientes para que se sepa, de una manera parcial, pero consistente, en qué tropelía anda medida tal o cual persona, tal o cual estructura de poder, tal o cual orbe opaco. El tratamiento por los partidos españoles de los episodios de acoso sexual desprende el hedor de la falta de apoyo o reparación a las víctimas, de esa proliferación de explicaciones interesadas, cuando no de simple desvergüenza -“¿Y tú cómo ligas?, pregunto, pregunto”, respuesta de Alfonso Serrano (PP) dirigida a un periodista- para refutar hechos y datos irrefutables. Diríase que la extensión y aplicación de los derechos de la mujer choca con los muros de fortines inexpugnables desde el caso Nevenka: la imagen pública de partidos -el PSOE, caso Salazar, también- e instituciones.

Una lejana mañana de principios de los años ochenta, el jesuita Ignacio Ellacuría daba a dos periodistas su parecer sobre algún asunto de actualidad -imposible recordar cuál- en una instalación de la orden en Sant Cugat del Vallès. Al final de una de sus reflexiones, se detuvo un instante y dijo (la frase no es textual): si no exigimos la verdad, promovemos la mentira. A Ellacuría lo asesinaron en San Salvador (1989) por promover sobre todo la verdad; los periodistas a quienes Donald Trump vitupera aspiran a la verdad para poner en evidencia la entraña del poder que representa, el caso Epstein incluido. Al presidente lo exaspera Bad Bunny no porque no entiende “lo que dice ese tipo” -así habla Trump, su léxico tan limitado-, sino por lo que significa que en el descanso de un partido de fútbol americano aplaudan a alguien que pide el entierro definitivo de la doctrina Monroe -ahora Donroe-, tan llena de muertes y sometimientos.

Es necesaria la delimitación precisa y con exigencia de responsabilidades de los incursos en la trama de Jeffrey Epstein para sanear la vida pública. En caso contrario, ganará adeptos el bando de los convencidos de que el poder, cualquier poder, por democrático y aparentemente limpio que sea, guarda en el armario secretos o lances inconfesables. El emperador Marco Aurelio, filósofo estoico, escribió hace 1.900 años en sus Meditaciones: “Una sola es la luz del sol, aunque la obstaculicen muros, montes, incontables impedimentos”. Los de nuestro tiempo son impedimentos formidables: los medios de comunicación serviles, las redes sociales, la deformación por la extrema derecha de la historia y de la crisis social en curso, los oligarcas adscritos a un capitalismo iliberal, los adversarios irreductibles de la cultura democrática. Sobreponerse a tales impedimentos es indispensable para no convertir en diagnóstico certero la acerada ironía de Groucho Marx: “Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria”. Moral, debe añadirse.