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Opinión | Parece una tontería
Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

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El 'after' otra vez

A veces grabo un vídeo para enviárselo a los amigos y que obtengan la falsa impresión de que mi vida no es del todo aburrida gracias al local

Exterior de un 'after hours'.

Exterior de un 'after hours'. / QUIM ROSER

Enfrente de casa sigue estando el 'after' Kinley. Ya escribí de él. Se encuentra veinte escalones por debajo del nivel de la calle. Tiene sentido: este tipo de locales implican a menudo algún tipo de descenso, incluso de catarsis, pues cuando al cabo emerges de sus profundidades y encaras la escalera para irte a casa, compruebas no sin fascinación que el mundo ha consumado su órbita diaria y ahora el sol luce sobre las cabezas. El local ya estaba ahí cuando me mudé a mi actual casa hace tres años y medio. En este tiempo, nunca he sentido la tentación de bajar a echar un vistazo. En realidad, lo hice hace seis años, para escribir un reportaje sobre el improbable paso por allí, cuarenta años antes, de un joven chileno llamado Bolaño. Mi amigo Xosé Luis Fortes, ya fallecido, contaba que a finales de los setenta había conocido a un tal Bolaño en el pub Yopo, que era como por entonces se llamaba el Kinley. A raíz de la lectura de 'Los detectives salvajes', recordó que había entablado conversación con un tipo que le contó que era chileno, se apellidaba Bolaño y andaba en busca de sus ancestros. Esa búsqueda encajaba con una parte de la biografía del Roberto Bolaño auténtico, cuyo abuelo paterno había nacido en Galicia.

Pero volvamos al 'after'. En estos años de vecindad he visto esplendor y decadencia, he visto incluso cómo el ayuntamiento lo clausuraba y al poco autorizaba su reapertura. Pero ante todo he visto espectáculos mayúsculos desde mi ventana, que según los días me llevaban de la comedia a la tragedia y al absurdo y vuelta a empezar, no siempre en este orden. Algunas mañanas, cuando me asomo muy temprano a la calle, todavía no ha abierto. La noche está aún por acabarse, pienso. En efecto, dos horas después, mientras trabajo en la cocina, advierto un murmullo abultado, que se va volviendo griterío, mientras me echo a correr por el pasillo, esperando ver el momento álgido del espectáculo. Es siempre tristemente célebre. En las mañanas de sábado y domingo, sin tráfico, las discusiones, desmayos, piruetas, en unas pocas ocasiones peleas –bastante desinfladas, casi cómicas, como de cine mudo–, se trasladan de la acera a la calzada.

Desde la cafetería del hotel que hay al lado se asiste a todo con una normalidad asombrosa. Da pena casi la indiferencia con la que se lo toman. A veces grabo un vídeo para enviárselo a los amigos y que obtengan la falsa impresión de que mi vida no es del todo aburrida gracias al 'after'. Hace unos meses la policía se enteró de que existen estos vídeos y me reclamó uno. El resultado fue que a las semanas recibí una carta del juzgado, citándome a declarar como testigo de una de las peleas. No acudí a la convocatoria. Alegué, de vísperas, que no me encontraba en la ciudad. Casi era verdad. Ahora han vuelto a citarme. Tendré que acudir para contarles que no me acuerdo de nada, que todas las peleas son la misma, y que a veces acaban bien, como hace tres sábados, cuando dos hombres empezaron a lanzarse bofetones erráticos, que nunca daban en el blanco, y al paso de un taxi, le hicieron señas y se subieron juntos.

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