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Opinión | Bloglobal

La tragedia de Gaza, cada día más ausente

Familiares de una de las víctimas del bombardeo israelí del miércoles en Gaza. | OMAR ASHTAWY / EUROPA PRESS

Familiares de una de las víctimas del bombardeo israelí del miércoles en Gaza. | OMAR ASHTAWY / EUROPA PRESS

A pesar de los más de quinientos muertos contabilizados en la Franja de Gaza desde que entró en vigor un presunto alto fuego con el consabido show representado por Donald Trump en la península del Sinaí, cunde la impresión de que se da la tragedia por amortizada sin mayores repercusión y angustia (el recital de Barcelona, 20.000 personas, una excepción). La tantas veces aplazada aplicación de la segunda fase de la tregua no da para mucho más que para que unas decenas de palestinos puedan cruzar la frontera de Rafah en dirección a Egipto y otros pocos lo puedan hacer en sentido contrario. Cualquier pretexto le vale al Ejército israelí para bombardear lo cien veces bombardeado y aun tiendas de campaña convertidas en modestísimos hogares de fortuna en medio de un paisaje en ruinas. Dos investigadores de Human Rights Watch dimiten tras el bloqueo por la oenegé, por razones no desdeñables, de un informe sobre el derecho al retorno que asiste a los palestinos.

Todo ello mientras progresa la farsa de la Junta de Paz para Gaza, comandada por Trump, y toma forma el comité de 11 tecnócratas palestinos -solo una mujer- que deberá administrar los próximos años la Franja al dictado de Estados Unidos y del coro de aduladores que acompaña al presidente a todas partes, con Tony Blair en primer lugar. Planea sobre dos millones de personas la incógnita de si podrán seguir en su hogar ancestral o deberán ahuecar el ala para que el proyecto inmobiliario-turístico que alienta la Casa Blanca pasé de las imágenes virtuales a la realidad analógica de un resort para milmillonarios. Así están las cosas en Gaza y aún hay quien se sorprende de que una minoría de palestinos no esté dispuesta a someterse a las arbitrariedades de una comunidad internacional que arrastra los pies desde 1947 -aprobación en la ONU de la participación del mandato británico de Palestina (55% del territorio para la comunidad judía)- cada vez que hay que reconocer sobre el terreno los derechos de la comunidad palestina.

Francesca Albanese, relatora de las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios ocupados, escribe en Cuando el mundo duerme: “No estoy aquí para justificar ningún delito que los palestinos hayan podido cometer (…) Pero recuerdo una frase de Bertolt Brecht que me parece sumamente apropiada en este caso, así como también en otros casos de opresión sistemática y prolongada: ‘El río que todo lo arrasa es conocido por ser violento, pero nadie llama violentas a las orillas que lo detienen’”. Y llega a la conclusión de que la cultura de la violencia o el recurso a la violencia no se extinguirán hasta que desaparezcan las causas que lo alimentan –“la opresión y el apartheid”, señala-, incluso después de que voces significadas que militaron en Hamás como Ahmed Yusef proclaman en el periódico Le Monde: “Lo hemos perdido todo, la lucha armada ha fracaso”. O consideran el golpe de mano terrorista del 7 de octubre de 2023 -1.219 muertos y 251 rehenes- “un error funesto”.

Hace un cuarto de siglo, en los primeros meses de la segunda intifada, un general israelí de ademanes bruscos y cerebro despierto explicó en Jerusalén a un grupo de periodistas que, después de fracasar las negociaciones de Camp David (julio de 2000), el gran riesgo era que los radicales de ambos bandos pilotaran el futuro. Así se llegó seguramente a la matanza de inocentes del 7 de octubre y a la estrategia israelí de tierra quemada que la siguió -más de 70.000 muertos-, precedida la tragedia de un sinfín de ocasiones perdidas, incluida la esterilidad de la propuesta hecha a Yasir Arafat en Camp David, que asistentes en la negociación reconocieron tiempo después que el líder palestino no podía aceptar. Así se llegó también al auge de la extrema derecha israelí y a la cruel vesania de Binyamin Netanyahu.

“Nos guste o no, los judíos no son colonialistas normales y corrientes: como pueblo, sufrieron el Holocausto y son víctimas del antisemitismo. Pero no pueden utilizar estos hechos previos para iniciar y continuar la desposesión de otro pueblo que no ha tenido responsabilidad alguna en ninguno de ellos”, escribió el intelectual palestino-estadounidense Edward W. Said en el periódico Al Hayat el 30 de octubre de 1998. “Llevo veinte años diciendo que no tenemos ninguna opción militar y no es probable que la tengamos en un futuro próximo”, añadió Said. El comportamiento reprobable del Gobierno israelí, el ahora en ejercicio y muchos de los que le precedieron, es perseverar en la desposesión; lo más reprobable de los promotores de recurrir a la resistencia armada tantos años después del diagnóstico de Said es haber proporcionado a Netanyahu la cobertura ideal para desencadenar la matanza so pretexto del derecho de todo Estado a defenderse, entendido tal atributo de forma torticera como un derecho ilimitado.

Se disuelve lentamente la tragedia de Gaza en el olvido, en la ausencia creciente en los medios, en los debates y coloquios, en el universo planetario de las redes sociales, a pesar de que no hay en ese territorio martirizado ni siquiera una tenue sombra de esperanza. Queda el comportamiento de Israel a salvo de reproches con consecuencias efectivas -las denuncias ante el Tribunal Penal Internacional tienen solo un efecto simbólico- y, paradójicamente, encuentra la extrema derecha, antisemita por tradición, un ingrediente más para asaltar la vigencia del derecho internacional y sumarse a la brega de Donald Trump para dinamitar todas las convenciones. Se asienta la banalidad del mal, citada en algún momento por Francesca Albanese, impunes sus ejecutores mediante la protección de la superpotencia.

El profesor David J. Simon, de la Universidad de Yale, cree posible que el presidente Trump, “después de haber encañonado la democracia liberal, podría decidir apretar el gatillo en 2026”. En realidad, en su gestión de la crisis gazatí lo apretó desde el primer día de su segundo mandato, sin observaciones o requerimientos a Netanyahu para que levantara el pie del acelerador, algo que sí hizo Joe Biden en alguna ocasión durante 2024, siquiera fuese con la boca pequeña. Todo se enturbia y Gaza no escapa a esa lógica perversa, la misma que puede sumir en el olvido a una comunidad, la palestina, condenada a subsistir sin medios ni apoyos para hacerlo.