Palimpsesto
Como Borges anunciaba, la cara acaba siendo no una premonición, sino una contemplación del universo que hemos ido dibujando
Vall d'Hebron realiza el primer trasplante de cara del mundo con una donante fallecida por eutanasia: "Ya puedo tragar y hablar"

La paciente trasplantada, Carme, de 60 años, en el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona. / JORDI OTIX
La terrible, insólita, singular historia de Carme, esta mujer que acaba de recibir un trasplante de cara en el Hospital de la Vall d'Hebron gracias a la donación de otra mujer que decidió optar por la eutanasia y que cedió sus rasgos faciales, más allá de la muerte, a la que había quedado desfigurada por una necrosis facial, me ha recordado el epílogo que Borges escribió para 'El hacedor'. Explica que un hombre decidió dibujar el mundo y que, a lo largo de los años, confeccionó “imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas”. Poco antes de morir, el hombre descubrió que ese “paciente laberinto de líneas” era, en realidad, la imagen de su cara.
La cara "es el espejo del corazón", como escribía Francesc Eiximenis, y los antiguos entendieron que observando el rostro podían adentrarse en la personalidad del individuo, que estaba predestinado a ser lo que la cara anunciaba. Pero, como Borges anunciaba, la cara acaba siendo no una premonición, sino una contemplación del universo que hemos ido dibujando, lo que nos configura, aquello que nos da forma.
También he recordado las fotografías escalofriantes que se pueden ver en la exposición sobre la Rodoreda en el CCCB. Aquellas “gueules cassées” de la Primera Guerra Mundial que, probablemente, inspiraron a la escritora para los “hombres sin cara” de 'La muerte y la primavera', aquellos a quienes “les gustaba más estar solos porque les daba vergüenza vivir en el pueblo”.
Quizá por eso nos fascina tanto este hito de la medicina: la mujer que ya no tendrá que vivir apartada, encerrada en casa, que volverá a deglutir, a mirar, a hablar, con la boca, los ojos y los pómulos y la nariz de una mujer muerta que ya había dibujado un mundo y que después lo cedió para que otra lo observara por ella. "Cada vez me parezco más a mí misma", ha dicho Carme. Más que una máscara, llevará encima la posibilidad de dibujar un nuevo laberinto paciente de líneas, esta vez un palimpsesto de trazos.
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