Calma y libertad
A nadie, absolutamente nadie, le definen su etnia ni su origen. Solo sus actos

Armas y otros objetos intervenidos al menor detenido por radicalización yihadista en Álava / CNP
¿Existe una yihad catalana? ¿Hay que asustarse? Sin duda, asusta que Barcelona encabece -por delante de Madrid, Ceuta y Melilla…- el ránking de detenidos por este motivo. Y que los expertos ya hablen de radicales (o radicalizados) de segunda generación, es decir, nacidos aquí, con muchas más ventajas que los recién llegados para integrarse, pero que no pueden o no quieren hacerlo.
Datos son datos, pero conviene interpretarlos con cuidado. Huyendo de simplificaciones tan tentadoras como aterradoras, lo mismo a la extrema derecha que a la izquierda. No nos pasemos de apocalípticos ni de buenistas.
Aunque a veces hayan rodado cabezas solo por decirlo, es un hecho que ciertas políticas muy autóctonas de favorecer la inmigración magrebí o subsahariana por encima de la latinoamericana (por aquello de no querer “llenarse de hispanohablantes”…) han facilitado que Barcelona sea un 'hub' de la yihad. Luego está la geografía, claro. La proximidad con Marruecos y con la frontera francesa. Los autores del atentado de las Ramblas, en 2017, soñaban con surfear una ola asesina de Alcanar hasta París…
Tampoco ha ayudado mucho la perversa yuxtaposición de guetos sociales y políticos. Acusar a cualquier inmigrante de ser un delincuente es tan peligroso como no querer ver uno cuando lo tienes delante de las narices. No olvidemos casos como el de Hanan Serroukh, la joven catalana hija de padres marroquíes “normales” que, cuando el padre falleció y la madre se volvió a casar con un salafista, pasó de ir al colegio con vaqueros a escaparse de casa para que no la 'velaran' y casaran a la fuerza. Hanan era y es uno de los nuestros. Por nacer aquí y por compartir nuestros valores. El sistema le falló miserablemente. Los derechos que otras mujeres damos por descontados, ella los conquistó pagando un duro precio.
Hoy en día, Hanan Serroukh colabora con las fuerzas de seguridad para detectar focos de integrismo. Su caso demuestra que a nadie, absolutamente nadie, le definen su etnia ni su origen. Solo sus actos. En el momento en que olvidemos eso, sea porque nos pasamos de progres o de fachas, estaremos en plena ley de la selva.
Que conste que no lo estamos, o no del todo, en virtud del trecho que va del dicho al hecho. Las estadísticas son las que son porque la policía está más vigilante, detiene a más gente, intenta hacer un “mantenimiento preventivo” (que dirían los de Renfe) de la radicalización islámica. Luego, el discurso político es el que es, y de ahí la disonancia. Entre ideología y realidad. Entre utopía y miedo.
Nota autocrítica final: todos tenemos nuestros demonios. Cada cual se radicaliza a su manera. Ni hace falta ser marroquí para ser cada vez más machista, ni el abuso de ayudas institucionales o el recurso a la delincuencia son solo cosa de extranjeros. Estamos hasta el cuello de extremismos, nacionales y de importación. Por eso hay que defender más que nunca la libertad y la responsabilidad individual. No hay atajos. Para nadie.
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