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Opinión | Pederastia
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Las 2.666 niñas de Epstein

Lo que vamos viendo de los archivos del magnate no sé si da más asco o más miedo, dos emociones que, en cualquier caso, suelen conducir al vómito

Una segunda mujer denuncia haber sido enviada por Epstein para mantener relaciones sexuales con el expríncipe Andrés

Peter Mandelson en una fiesta con el pederasta Jeffrey Epstein, en una de las fotografías desclasificadas por el Departamento de Justicia de EEUU.

Peter Mandelson en una fiesta con el pederasta Jeffrey Epstein, en una de las fotografías desclasificadas por el Departamento de Justicia de EEUU. / CONTACTO / EUROPA PRESS

Si nadie llama “señora recién nacida” a una bebé, ¿por qué tanta gente se refiere a las víctimas del caso Epstein como “mujeres menores de edad”? Eran niñas. O adolescentes, en algunos casos.

Quizá tenga que sacar la cartera, pero le doy un euro a cada persona que me diga que ha aludido a la minoría de edad alguna vez para hablar de su hija o su nieta. Esa fórmula remite vagamente a lo burocrático: las personas que nos importan son niñas o adolescentes (y a menudo las vemos casi patológicamente así, más allá de los 18) porque no queremos que nadie les haga daño.

Lo que vamos viendo de los archivos del magnate no sé si da más asco o más miedo, dos emociones que, en cualquier caso, suelen conducir al vómito. Así que no tengo cuerpo para citar a Wittgenstein o llamar a (oh, wait) Chomsky, pero esto no es una discusión lingüística bizantina. Según algunos titulares, no eran niñas violadas por pederastas, sino “mujeres menores de edad” que iban a la isla Epstein a “practicar sexo” con adultos, una fórmula que suena a 'hobby', como si fueran a hacer pádel surf. Así, la niña violada no deja de ser una mujer que, por razones legales que ni el corazón ni la bragueta entienden, queda levemente fuera de lo políticamente correcto. Y el violador no deja de ser un hombre adulto (y un hombre es un hombre es un hombre) que le pidió educadamente si le apetecía “practicar sexo” con él.

Al lenguaje, como a los millonarios y a los dragones de komodo, hay que aplicarle siempre la presunción de culpabilidad. Jamás es inocente, incluso aunque quien habla lo sea. Quien lo usa de forma despreocupada, o insensata, cometerá el equivalente de un homicidio involuntario. Lo malo es que muchos son más bien asesinos alevosos: es decir, lo tuercen con plena conciencia para suavizar lo atroz y redimir al poderoso. Puedo poner ejemplos fuera de la isla Epstein: cuando a un manifestante le vacía el ojo una bala de goma disparada por un agente, se suele decir que “pierde el ojo”, como si lo que hubiera extraviado con tanto ajetreo callejero fuera una lentilla.

Y, aun así, no es fácil empalabrar el horror. Me centraré en Roberto Bolaño, que dedicó toda su vida a intentarlo. Lo hizo a veces con un lenguaje tremendista: el horror podía ser como el rechinar de una tiza en una pizarra. Y añadió: “Como si un niño hiciera rechinar adrede una tiza sobre una pizarra. O tal vez no fuera una tiza sino sus uñas. O tal vez no fueran sus uñas sino sus dientes”.

Primero habló de poetas nazis que garabateaban poemas de muerte en el cielo con el humo del avión que pilotaban o de casas donde se celebraban francachelas de gran elegancia que escondían en sus sótanos cámaras de tortura. Todo le sabía a poco. Hasta que decidió oler el aliento de la boca de la bestia.

Bolaño intuyó que el corazón negro del planeta estaba en un lugar muy concreto: Ciudad Juárez. Allí, durante años y años desde los noventa, se asesinaban y escondían centenares de cadáveres de mujeres y “mujeres menores de edad”. Como si fuera un Aleph de mierda, en esa ola de feminicidios estaba todo. Así que escribió '2.666', una obra maestra de 1.200 páginas. Cuando le tocó hablar frontalmente de las víctimas, se ahorró las metáforas: expuso más de cien casos con un estilo casi notarial (terroríficamente frío) en 350 páginas de dolor con densidad tumoral.

En esa misma novela, pero en otro capítulo, Oscar Fate, un periodista que visita Sonora para cubrir un combate de boxeo, queda intrigado por el caso de una norteamericana desaparecida en Santa Teresa (es decir, en Ciudad Juárez). Pronto tira del hilo e intuye el gran nudo. En la página 464 de mi edición, dice: “Nadie presta atención a estos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo”.

No hace falta ser Bolaño para entender que todo lo que pasó en la isla Epstein esconde ese mismo secreto, que ya no es un secreto. La gula económica, la codicia bíblica, la impunidad casi olímpica. Es imposible no convertirse en un paranoico, no perder cierto equilibrio cuerdo, después de asomarse a esos archivos o de ver las denuncias que algunas víctimas (y algunas, ya muertas) habían publicado. En el mismo capítulo, Bolaño escribe: “Hay que hacer caso a las mujeres. Lo mejor es no desoír los temores de las mujeres”.

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