La reina del drama
La historia de Agustín Fadón, que sobrevivió al accidente de tren de Angrois en 2013 y que murió en el accidente de Adamuz, condensa una premisa tan simple como incómoda: la vida no está garantizada

La muerte de una de las heridas eleva a 46 los fallecidos en el accidente de Adamuz / GUILLERMO MORALES-EUROPA PRESS / Europa Press
Las vidas nos penden de un hilo tan fino que cuesta asumirlo. A veces, literalmente, de una decisión banal, de un gesto mecánico, de un movimiento necesario. Me persigue la historia del hombre que sobrevivió al accidente de tren de Angrois porque cambió el turno con un compañero y que murió, quince días atrás, en el accidente de Adamuz tras cambiar de vagón para ir al baño. Se llamaba Agustín Fadón y su historia condensa una premisa tan simple como incómoda: la vida no está garantizada. Ni siquiera cuando parece que ya te has salvado una vez.
Nos gusta pensar que existe una lógica, un orden, una narrativa secreta que da sentido a lo que ocurre. Que si has esquivado una bala, ya no te tocará nunca más. Que existe una especie de crédito vital acumulable. Lo llamamos estadística, pero la realidad es más seca y menos literaria. Tan poco literaria como el hecho de que apenas dos días después del accidente de Adamuz se produjera otro mortal. Y, sin embargo, ocurrió. En Gelida.
Lo sabemos, pero lo olvidamos constantemente. Vivimos como si la vida fuera prorrogable, como si siempre hubiera un después asegurado. Planificamos, posponemos conversaciones, dejamos para más adelante decisiones importantes, afectos pendientes, abrazos no dados, como si el calendario fuera un pacto firme con la existencia. Vivir viendo la muerte en cada despedida o en cada paso sería insoportable, sin duda.
Pero el azar opera sin hacer ruido. Es la auténtica reina del drama. Con el mismo gesto que te salva puede condenarte. El mismo movimiento que un día te aparta de la trayectoria de la muerte, otro día te devuelve a ella. Hablamos de minimizar riesgos porque la conocemos, a la reina, que se agazapa a la espera. Capricho. Y después, drama.
Si la vida no está garantizada, quizá convenga vivirla con un poco más de verdad. Decir antes lo que cuesta decir. Amar con menos miedo. Rebajar la arrogancia de creernos intocables. No para vivir con angustia, sino con lucidez.
El hombre de Angrois sabía que había obtenido una bola extra, un bonus track, un vuelve a la casilla de salida pero vuelve a tirar. No sé si ser consciente de que el azar te ha salvado una vez te hace vivir de otra manera o si, con el tiempo, vuelve a aparecer esa coraza que nos hace creernos reyes cuando, al final, quien manda es ella, la auténtica reina.
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