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Opinión | Historia
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A Pérez Reverte y David Uclés

Dejando claro cuándo empezó la guerra, quién se alzó en armas, y con quién estaban Hitler y Mussolini, es momento de abordar lo que ocurrió en todas partes, en el frente y en la retaguardia

Pérez-Reverte pospone el ciclo sobre la Guerra Civil tras las bajas de Uclés y de políticos de izquierda para "rearmar" el programa

Leonard Beard.

Leonard Beard. / 5

Queridos colegas: permitidme terciar en el debate en el que os habéis enzarzado sobre quién perdió la guerra. Cada uno es hijo de su madre. La mía tenía catorce años cuando las tropas de Franco se avistaron desde lo alto de Manresa, y ella, junto a sus padres y su hermano pequeño, salió camino de La Junquera, empujando un cochecito donde atiborraron lo que les pareció imprescindible. Embarradas en el fango y la nieve de aquel trágico enero de 1939, las ruedas del ingenio no aguantaron muchos kilómetros. De lo que llevaban, mi abuela solo pudo conservar una cucharita de plata de su regalo de bodas, con la que yo siempre desayunaba, de pequeño, en el exilio. Con este 'background', se pueden imaginar que los debates sobre la guerra me fascinan, aunque a veces me irriten. A la guerra, el franquismo y el exilio, les he dedicado media vida y una trilogía novelada. Ni esto, ni la peripecia de mi familia son garantía de nada, desde luego. Sin embargo, pienso que ayudan a entender lo que ocurrió en Catalunya, en aquellos tres años dramáticos. La guerra en la retaguardia catalana es una fuente de conocimiento poco explorada para hacerse una idea cabal de lo que ocurrió. Desde Sales hasta Cercas, pasando por la Rodoreda, tenemos relatos y experiencias de gran interés. Aun así, no disponemos todavía de un relato común sobre lo sucedido, si es que esto es posible.

El exordio viene a cuento por el debate (por llamarlo de alguna manera) que habéis sostenido recientemente. Simplificando: ¿quién perdió la guerra? ¿Los republicanos, o todos los españoles? ¡Madre mía! ¡A estas alturas! Hagamos la pregunta al revés: ¿Quién la ganó? “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo…”. Franco no era hombre de dudas metafísicas. La guerra la habían perdido los rojos (rojos eran mis abuelos, que efectivamente eran comunistas, mis padres, que eran republicanos, o Pau Casals, un humanista amigo de la familia y de la reina María Cristina), y la habían ganado quienes se habían sublevado contra el Gobierno legítimo de la República. Mejor o peor, como todos los gobiernos, pero legítimo. Hasta aquí, hechos, que los historiadores anglosajones fueron los primeros en discernir.

En las sobremesas del exilio, cuando mi padre y sus amigos se liaban en el sempiterno debate de por qué Franco había ganado, él solía decir: “la guerra no la ha ganado Franco, la hemos perdido nosotros”. Era un hombre libre, mi padre, hastiado de que los vencidos se echaran las culpas los unos a los otros. Siempre pensó que la responsabilidad por la derrota estaba repartida, y que la división y la violencia que padeció la retaguardia republicana habían sido letales. No era un hombre ingenuo. Terminó de comisario en los hospitales de Barcelona, atento a las conspiraciones de la Quinta Columna, pero siempre pensó que el desorden y los abusos facilitaron las cosas a los alzados. Cuando parecía que al franquismo le quedaban dos No-Dos, pasó el peor momento de su vida. Fue el día en que unos funcionarios del Foreign Office y del Quai d’Orsay les dijeron, a él y a unos cuantos más, que se olvidaran de aventuras y que había Franco para rato.

Esto de que la guerra la perdimos todos es, o una obviedad, o una memez. Sin el interrogante que, al parecer, se cayó camino de la imprenta, es más bien una memez. Volviendo a mis padres, les imagino viendo a Aznar hablando debajo de semejante lema y me crujen las neuronas. Cuando lo de las Azores, ya estaban muy mayores, pero la foto les indignó. Siempre aborrecieron las guerras, y las que están basadas en mentiras, aún más. Creo que participar en el debate, tal y como estaba planteado, no era de recibo. Sin embargo, tampoco me gustan las actitudes, o las ocurrencias, que puedan contribuir a simplificar las interpretaciones de nuestra historia contemporánea. Dejando claro cuándo empezó la guerra –en 1936, no en 1934–, quién se alzó en armas, y con quién estaban Hitler y Mussolini, es momento de abordar lo que ocurrió en todas partes, en el frente y en la retaguardia. No es un ejercicio que podamos hacer solo entre amigos. Entre rojos. Debemos y podemos contar con gente sensata, que la hay, que tengan una historia personal y una manera de pensar distinta de la mía. Con Aznar, no gracias.

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