Solo para hipocondríacos
No hay nada más perturbador para mí que imaginar estar enfermo de cualquiera de las múltiples enfermedades que existen en este mundo

Muestras de sangre en el laboratorio de Análisis Clínicos de Son Espases. / Manu Mielniezuk
En muchas ocasiones he dicho tanto en privado como en público lo hipocondríaco que soy. No hay nada más perturbador para mí que imaginar estar enfermo de cualquiera de las múltiples enfermedades que existen en este mundo, que así, a vuela pluma, podrían ser más de 15.000. Vivo en la constante incertidumbre de que pueda padecer alguna de ellas, y eso me obliga a someterme a frecuentes exámenes clínicos para despejar mis dudas. Antes de seguir, vaya por delante mi máximo respeto hacia las personas que están sufriendo una enfermedad grave.
Pensar así me genera la ansiedad permanente, pensando que se pueda estar generando en mi interior un proceso degenerativo irreversible. Decía Vicente Verdú que lo que fueron las notas académicas en la juventud son ahora las valoraciones de los análisis clínicos de nuestra madurez. Y no le falta razón. Desde que salgo de un laboratorio en el que me he sometido a un examen clínico completo, hasta el día en que obtengo los resultados, paso por uno de los peores momentos de mi existencia. A veces son varios días de angustiosa espera pendiente de recibir un SMS del laboratorio que me avisa de que ya puedo consultar los resultados en la página web. Ese lapso, esa cuenta atrás hasta el día de leer los temidos resultados, es insufrible. Cuando llega el mensaje me apresuro sobresaltado hacia el ordenador, y al compás de unas frenéticas palpitaciones, consulto con ansiedad el listado de marcadores y porcentajes enrevesados de cada parámetro. Busco, nervioso, asteriscos o flechitas en negrita que señalen que algo va mal. Como los exámenes son extensos, el número de páginas es considerable, por lo que el atropellado vistazo en pos de un mal marcador, se hace interminable. Cuando llego a la última página sin haber advertido ninguna señal preocupante, la indescriptible sensación que experimento solo es equiparable a aquellos memorables orgasmos de mis más vigorosos días de juventud. ¡Qué satisfacción! ¡Qué descanso y qué placer! Entonces pienso que puedo respirar tranquilo hasta mi próxima revisión, que no suele ir más allá de los seis meses.
Mí aprensión es tal que huyo de los médicos que le quitan importancia a las dolencias por las que acudo a verlos. Necesito de un médico que se tome en serio mis dolencias, por exiguas que puedan parecer. Solo entonces me tranquilizo.
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