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Opinión | Décima avenida
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Rodalies en la era de la 'idiorrealidad'

La repetición de pequeñas frustraciones acaba configurando estados de ánimo colectivos con consecuencias políticas profundas

Una veintena de entidades se suman a la manifestación del 7 de febrero por unas Rodalies dignas: "Es un problema de país"

Leonard Beard.

Leonard Beard. / 5

Es esencial la influencia de las experiencias personales, de la cotidianidad, en la gran corriente de las cosas. El intolerable caos de Rodalies en Catalunya de estos días, caso extremo de la negligente dejadez en la inversión en los servicios de ferrocarril de cercanías en España durante lustros, resulta evidente que tiene un impacto decisivo en el estado de ánimo colectivo.

Pero no es en los grandes picos de ineficacia donde reside la gran masa del cabreo ciudadano, sino en la acumulación diaria de experiencias negativas de las que se responsabiliza a los gestores públicos. A diario se viralizan vídeos y testimonios en redes sobre el desastre absoluto del servicio ferroviario. El colapso es objetivamente constatable. Pero hay muchos otros casos en que no. Así, circulan masivamente malas experiencias en lo relativo a la seguridad, la sanidad, la educación o cualquier otro servicio público. Un hurto en la puerta de casa se convierte en inseguridad ciudadana generalizada; una demora en el centro de salud es la prueba de que todo el sistema sanitario es un desastre; un profesor con escasas dotes pedagógicas es una vara de medir del sistema más acertada que cualquier informe PISA. La parte es el todo, lo micro es lo macro, lo personal es lo colectivo.

La experiencia personal es un poderoso filtro a través del que se interpreta y se entiende la realidad. Nuestro mundo es el mundo; la experiencia y la mirada de cada uno anclan una realidad propia que, a fuerza de compartirla con los demás, se cree mayoritaria, única. Podemos llamarlo 'idiorrealidad', una realidad construida desde la experiencia individual, legítima como vivencia, pero incompleta como explicación del conjunto. Como tal, es inatacable, intachable, irrefutable e inexpugnable frente a otras realidades, que son percibidas como la verdad particular que alguien (“ellos”) aspira a imponer.

Desde esa perspectiva cerrada, los datos, las estadísticas, el conocimiento o la ciencia pasan a ser percibidos como realidades ajenas e impuestas: si ha habido dos robos en el barrio, la inseguridad está por las nubes, da igual lo que digan las estadísticas; si en el verano del 84 hizo mucho calor, no existe el calentamiento global; si el médico de cabecera siempre se demora, la sanidad es un desastre; si mi tren siempre llega con retraso, es la mejor prueba de que los políticos no saben resolver los problemas de la gente. Cada uno lo cuenta y lo percibe según le va. El discurso técnico, estadístico o experto fracasa en el espacio público porque llega tarde y mal a personas que ya han construido su visión del mundo desde el cansancio, el enfado o la desconfianza.

La 'idiorrealidad', magnificada y agregada por las burbujas de atención, se convierte así en un fenómeno colectivo que es aprovechado por los populismos de todo tipo. Meten cuña en las que convienen a su discurso, las magnifican y las convierten en categoría, conscientes de que ningún discurso racional las rebatirá. Las diferentes administraciones, los científicos, los periodistas (algunos), aquellos que intentan anclarse a la realidad objetiva y objetivable, se desesperan: el marco común que delimita el terreno de juego parece haber desaparecido de la conversación. Salvar la desconexión entre experiencia y discurso real, técnico y global es un crucial campo de batalla comunicativo contra la desinformación.

Es tentador para los ‘racionalistas’ de la conversación menospreciar las 'idiorrealidades': terraplanistas, eslabones débiles, manipulados por los extremos en contra de sus propios intereses. Es un error, porque que la experiencia personal no sea universal no la convierte en ‘fake’: hay robos y okupaciones y listas de espera en la sanidad. En lugar de menospreciar las sensaciones y las emociones, el combate con los populismos pasa por aceptar que existen y que la realidad debe abordarse como una suma de 'idiorrealidades' que deben comprenderse y refutarse. Reconocer las emociones no es concederles la razón, sino admitir su lugar en la conversación pública. Es necesario un realismo empático que combata la mentira sin negar el malestar. Ignorar las experiencias no las disuelve; comprenderlas es el único punto de partida para discutirlas. En Rodalies es sencillo porque el desastre es evidente a diario. En otros temas, cuesta mucho más.

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