Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Bloglobal

Estados Unidos enferma de gravedad

Fotografías y cartas en Mineápolis en recuerdo de Alex Pretti.

Fotografías y cartas en Mineápolis en recuerdo de Alex Pretti. / Europa Press/Contacto/Paul Christian Gordon

La primera ministra de Italia, Georgia Meloni, sostiene que Donald Trump está legitimado para hacer cuanto hace porque llegó a la presidencia mediante una elección democrática. Es una deformación o distorsión de la idea de legitimidad porque la elección no es un cheque en blanco, sí es, en cambio, un compromiso sin reservas con el respeto a las reglas del juego, con el respeto a la ley, a las instituciones y a la división de poderes. Aprecia la extrema derecha -Meloni, una de sus líderes por más que lo disimule o maquille- que hay en el ímpetu de Trump para ponerse la ley por montera una guía de futuro, una indicación de por dónde hay que ir. Pero después de Groenlandia, después de Davos y después de Mineápolis parece que el agravamiento de la enfermedad que padece Estados Unidos ha puesto en guardia al presidente, a personajes tan torvos como Stephen Miller y a una parte del Partido Republicano -la derecha civilizada neutralizada por las siglas MAGA-, alarmados todos por el progreso del descrédito, de ese intangible que se refleja en las encuestas, más y más desfavorables a cada día que pasa.

Esta semana emitió el canal de National Geographic un excelente documental seriado que recoge las declaraciones recogidas en los años 70 de personas que transitaron por la Alemania nazi y conocieron al Führer y su entorno. En varios capítulos se menciona a Ernst Röhm, el líder de los camisas pardas, y aquellos correajes de entonces, aquella gesticulación de aquel tiempo ominoso recuerda enormemente los correajes y gesticulaciones de ahora de Gregory Bovino, el jefe del Immigration and Customs Enforcement (ICE), que en Mineápolis ha acabado con la vida de Renee Nicole Good y Alex Pretti con el desparpajo inmisericorde de los matones uniformados de antaño. Tercia luego en las redes Trump para pedir “una investigación honrada” de lo sucedido, una redundancia reveladora de la enfermedad que aflige a Estados Unidos porque si no es honrada no es investigación; será solo una farsa encubridora.

Anticipa cuanto sucede la peligrosidad creciente del presidente con la mirada puesta en las elecciones de mitad de mandato de noviembre próximo. Los próximos nueve meses prometen tensar al máximo las costuras del sistema, justificadamente preocupada la Casa Blanca por una cita que puede arrebatarle la mayoría en la Cámara de Representantes y dejarle en el Senado una escuálida mayoría republicana con algunos disidentes dentro de ella. Un Congreso con un perfil insuficiente para someter a impeachment a Trump, pero suficiente para bloquear la segunda parte de su mandato salvo, claro, que desencadene una crisis de Estado y se encastille en acusaciones de fraude electoral para impugnar en la calle los resultados (el episodio del 6 de enero de 2021, el asalto al Congreso, una referencia).

Escribió el general Charles de Gaulle al principio de sus memorias que “siempre tuvo una cierta idea de Francia”. Parece imposible transferir tal afirmación a Donald Trump y a su idea de Estados Unidos, tan atrabiliaria a tenor de su verborrea iracunda. Se antoja más ajustado a la realidad que él y su camarilla promueven un trinomio cada vez más citado por los adversarios y críticos de Trump: el ideal del presidente es un país “blanco, cristiano y patriarcal”; un país en el que sería un sospechoso habitual cualquiera ajeno a tal molde. En la persecución sin tregua de los migrantes alienta esa concepción excluyente, un estereotipo ajeno a la realidad que recuerda grandemente otros momentos de la historia -otra vez el documental de National Geographic- en los que comunidades enteras fueron objeto de vesánica persecución. Quien en cierta ocasión sostuvo que “Hitler también hizo cosas buenas” carece de sentido de la medida, envuelto en un nihilismo desbocado.

Sorprende que la Unión Europea y el Reino Unido hayan tardado tanto en llegar a la conclusión de que a nada bueno conduce la doctrina del apaciguamiento. Sucede, en cambio, que alienta la agresividad del agresor, de quien se cree y actúa por encima de todas las convenciones conocidas, que llama extracción al secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, que crea una Junta de Paz para Gaza que pretende suplantar el papel de las Naciones Unidas, que llama gobernador al primer ministro de Canadá, Mark Carney, para evocar su deseo de que el vecino del norte sea algún día el estado 51 de la Unión. Que, en fin, puede dejar a los europeos a los pies de los caballos, y allá se las compongan, según sea el desenlace, la paz o lo que sea que acabe con la guerra de Ucrania. Han tardado los gobernantes europeos mucho más de lo prudente a admitir que se acabó la alianza estratégica con Estados Unidos que siguió al final de la Segunda Guerra Mundial; se acabaron al menos las buenas palabras, la complicidad entre aliados y la solidez del llamado vínculo atlántico,

Pocos días después de las elecciones estatales y locales de noviembre pasado, con malos resultados para Donald Trump, Paul Krugman, nobel de Economía en 2008, emitió un diagnóstico rotundo: “Estados Unidos es ahora mismo el epicentro de la locura en el mundo”. No solo por el proteccionismo arancelario, que ha denostado, sino por sus temores de futuro, incluida la nada descartable disposición del presidente de saltarse la Constitución y aspirar en 2028 a un tercer mandato. Algo que un analista ha resumido en la expresión outside the rule (fuera de la regla o de la norma); un comportamiento el de Trump al que perturba cuanto es limitativo de su poder. Porque el botarate -Antonio Muñoz Molina, quien eligió el sustantivo- que pilotaba un reality show sin mayores mérito y gloria, ha llegado a la conclusión de que la política es un negocio, un gran negocio y no hay forma de ganar dinero, mucho dinero, respetando cortapisas y cautelas legales. Se lo dejó meridianamente claro a Volodimir Zelenski en aquella bochornosa entrevista en la Casa Blanca al inicio de su mandato, cuando el presidente de Ucrania puso condiciones para llegar a un pacto con Rusia: “Así no hay forma de hacer negocios”, dijo Trump, y asomó sin disimulo su alter ego de milmillonario sin escrúpulos. En esas estamos.