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Opinión | Gárgolas
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Contemplar el abismo

Niscemi, el derrumbe, funciona como una metáfora de Sicilia, dicen

Un pueblo de Sicilia, en alerta máxima por el derrumbe de una ladera que amenaza a decenas de casas

En italiano, los desprendimientos se llaman “frana”, como la que han sufrido en Niscemi, un deslizamiento en superficie que ha afectado a cuatro kilómetros de la fachada del pequeño pueblo siciliano, estratégicamente situado entre las regiones de Caltasinetta y Ragusa. Es decir, en el corazón mismo de las provincias mafiosas. De repente, debido a las tormentas y la lluvia, la colina de arena y arcilla se ha convertido en un acantilado, un risco que lleva al infierno, un precipicio de caída vertical que deja al descubierto los cimientos de las casas que estaban construidas, a precario, en un terreno que ya está en el umbral del vacío desde hace siglos. Existe una notable literatura en torno a esta localidad, históricamente relacionada con la organización criminal y escenario de revanchas terribles, de extorsiones sin fin y de homicidios que todavía se recuerdan después de muchos años. El desprendimiento no se detiene y ahora comentan que la zona de riesgo es de más de 25 km2, en una isla que los medios italianos califican como “la más inestable del mundo” y en la que nueve de cada diez municipios viven en esta precariedad geológica.

En 1997, Niscemi sufrió una desgracia similar. Desde entonces, los proyectos de reconstrucción y asentamiento del terreno, valorados en más de 25 millones de euros, han ido a parar a saber dónde. Hace apenas un mes, el pasado diciembre, después de casi treinta años, llegaron unos pocos. Ahora, los vecinos se apresuran a recoger pertenencias personales, desde cartas y fotografías a estatuas de la Virgen.

Niscemi, el derrumbe, funciona como una metáfora de Sicilia, dicen. Y también como una desoladora imagen (las calles descabezadas, las entradas de las casas vertidas a la nada, la inminencia del desastre) del mundo contemporáneo. Quizás ya lo sabíamos, quizás estábamos avisados, quizás resulta que vivíamos en un equilibrio inestable, pero de repente, por todas partes, contemplamos el abismo a nuestros pies, con un espanto que nos aleja de la serenidad ficticia y que nos enfrenta a un corrimiento que no tiene la intención de detenerse.

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