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Trenes

Estos días tristes han venido a ensuciar con sombras de rabia y desencanto la fascinación por el ferrocarril

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Pasajeros a la espera de que los trenes entren en funcionamiento, en la estación de Mataró

Pasajeros a la espera de que los trenes entren en funcionamiento, en la estación de Mataró / ZOWY VOETEN

No hay ningún medio de locomoción equiparable al tren. Lo afirmo precisamente ahora, con total convicción y argumentos que no necesariamente pasan por la sostenibilidad o la seguridad, sino más bien por la cultura, por la tradición, por la añoranza del paraíso infantil. De acuerdo, hay uno que puede igualarlo y que incluso lo supera, porque reconozco que el barco tiene argumentos literarios más sólidos y más antiguos que el tren. Pero el tren es más universal, porque se da la circunstancia de que no todos los lugares del mundo son accesibles por mar. Dejémoslo aquí.

Un tren implica movimiento pero al mismo tiempo observación; utilidad, pero también ociosidad. Y es precisamente en ese cruce de posibilidades donde el tren es invencible. Pensemos en la ficción, por ejemplo y, dejando a un lado, claro, 'Moby Dick', las aventuras de Jonás o el primer viaje de todos, el de Ulises hacia Ítaca. El resto de medios son solo eso: lo que sirve para conseguir un fin, ir de un sitio a otro. Retenemos muy pocas imágenes del interior de un coche, por ejemplo, quizás sólo las escenas de taxi de Jim Jarmusch o la escapada de Thelma y Louise. Y no hablemos de los aviones. Si descontamos las películas de acción, humor o catástrofes, en un avión no hay espacio para la dramaturgia.

Un tren, sin embargo, es un pozo insondable de argumentos. La locomotora, los vagones, las estaciones. Desde 'El maquinista de la General' o, aún antes, desde una de las primeras películas de los hermanos Lumière ('L'arrivée d’un traint en gare de La Ciotat') hasta 'Before Sunrise', por decir una, o 'Strangers on a Train', por no hablar de las historias melodramáticas de parejas que se separan o que esperan inquietas la llegada de la locomotora, o de los hombres que viven solos ante el peligro mientras el tren está a punto de marcar sus vidas. O de los travestis que organizan una sesión de jazz huyendo de mafiosos o de los hermanos que se amontonan de forma inverosímil en un vagón o que reclaman más madera para que el tren avance. No pararíamos. El tren va ligado indefectiblemente al cine, y fue Máximo Gorki quien habló de 'un tren de sombras' al referirse tanto al nuevo invento de los Lumière como a la locomotora “que desaparece en silencio al borde de la pantalla”. Pienso ahora también en el juguete que es el paradigma de los juguetes. Un tren eléctrico infunde en el niño la ilusión del movimiento, del trayecto, del viaje más allá de las paredes de la habitación. La posibilidad de gobernar el mundo según tus propias leyes, a una velocidad que es el punto justo entre la aventura y el control.

Más allá de la desgracia y el azar, del destino inevitable y del desbarajuste tumultuoso, fruto de la impericia y la dejadez, más allá de los enormes problemas de movilidad y de la presencia constante del caos, más allá de la ineficacia y la sensación de inseguridad, del intolerable estado de una red vital para la vida y la economía, estos días tristes han venido a ensuciar con sombras de rabia y desencanto la fascinación por los trenes. Eso sí que no se lo perdono.

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