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Opinión | El mar alrededor

Trenes con miedo a la lluvia

Adif, ante la llegada de la borrasca Joseph, no se atreve a dar una fecha para el retorno a la normalidad del servicio de Rodalies, tras días de interrupciones por problemas en la infraestructura

El tren australiano Ghan, en su reinauguración de ruta el 1 de febrero de 2004

El tren australiano Ghan, en su reinauguración de ruta el 1 de febrero de 2004 / ROB HUTCHISON / EFE

Catalunya sigue sin un servicio estable de Rodalies casi una semana después de que el descarrilamiento mortal de Córdoba —sin relación causal directa— hiciera aflorar, de la manera más trágica, las consecuencias que puede acarrerar un mal estado de la vía. La gente mayor suele temer a la lluvia: si tienen planes para salir de casa prefieren aplazarlos; el suelo resbaladizo se vuelve peligroso y mojarse parece un riesgo para la salud. Pero que Adif, tras días de servicio interrumpido por incidencias vinculadas a la seguridad de la infraestructura —y tras el accidente de un tren a causa del desplome de un muro—, haya renunciado a poner fecha al retorno de la normalidad en Rodalies porque llega la borrasca Josepha la península tiene algo de paradoja contemporánea.

Que lluvia y trenes parezcan hoy incompatibles en Catalunya me lleva a pensar en las Antípodas y en un proyecto ferroviario tan emblemático como improbable del siglo XIX: el primer Ghan, la línea que acabaría conectando el Top End —Darwin— con Adelaide, al sur de Australia. Tres mil kilómetros atravesando el desierto más duro con un trazado que dejaba el servicio varado cuando llovía. ¿Por qué? Porque parte de la vía se tendió sobre lechos de ríos secos que, con las tormentas, volvían a ser ríos. El tren quedaba suspendido en mitad de la nada, esperando a que el agua bajara.

No fue exactamente un "error" construir sobre esos cauces: fue una decisión práctica, de ahorro, que terminó resultando carísima. Las inundaciones, las averías y las interrupciones obligaron a rehacer el trazado, alejarlo a una distancia razonable, añadir drenajes, alcantarillas, obras de paso. La solución redujo los problemas, pero no los eliminó: el país vive sometido al estrés climático en todas sus formas, y la infraestructura lo paga.

De las Antípodas a Arenys de Mar hay un mundo, pero la resiliencia ante el clima debería estar ya incorporada a la normalidad: líneas de tren que discurren frente a un mar que engulle la playa día tras día; riadas recurrentes empujadas por la propia orografía del terreno. Y con todo, así vamos. ¿De verdad, ahora, el problema es la lluvia?

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