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Opinión | Gobernanza
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Maquiavelo y la resistencia al cambio

No es tanto que no se pueda cambiar, sino que cambiar tiene un coste político inmediato que los gobiernos no quieren asumir

Célebre retrato de Maquiavelo, de Santi di Tito, en el Palazzo Vecchio.

Célebre retrato de Maquiavelo, de Santi di Tito, en el Palazzo Vecchio.

A inicios del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo formuló en 'El príncipe' una de las intuiciones más interesantes y actuales sobre el poder y el cambio político. Afirmaba que no hay nada más difícil, peligroso ni incierto que introducir un nuevo orden de cosas, porque quienes impulsan la innovación se encuentran con la oposición activa de quienes se benefician del orden antiguo y solo con el apoyo débil de aquellos que podrían ganar con el nuevo. No es una frase moral ni un lamento: es una descripción fría del funcionamiento real de las sociedades.

El sentido profundo de esta idea continúa plenamente vigente. Maquiavelo nos dice que el problema central de la innovación no es técnico ni intelectual, sino político. Los perjudicados por el cambio son visibles, concretos, muy organizados y conscientes de lo que pierden; los beneficiarios potenciales son dispersos, futuros e inciertos. Por eso, los primeros luchan con determinación mientras los segundos dudan, callan o esperan. Esta asimetría explica por qué reformas ampliamente racionales, eficientes o necesarias topan con resistencias enormes y a menudo fracasan o quedan diluidas.

En el contexto actual, esta lógica aparece de manera recurrente. En la política económica, el debate entre una apuesta por la política industrial o la dependencia del turismo es un ejemplo claro. Reorientar recursos hacia industria, tecnología o conocimiento genera beneficios a medio y largo plazo, pero perjudica intereses muy consolidados en el corto plazo. El sector turístico masivo tiene actores identificables, capacidad de presión y presencia institucional. Los ganadores de un cambio de modelo, en cambio, todavía no existen plenamente o no se perciben como tales.

Otro caso es la reforma de la gobernanza universitaria. Introducir criterios de responsabilidad, transparencia y dirección estratégica puede mejorar el rendimiento del sistema, pero altera equilibrios internos muy sensibles. Quien pierde capacidad de control informal o privilegios adquiridos se opone con fuerza. Quien podría beneficiarse de universidades más competitivas —estudiantes, empresas, sociedad— lo hace de manera difusa y poco movilizada.

El mismo patrón se repite en la necesaria y urgente transición energética. Las energías renovables permiten beneficios sistémicos claros: sostenibilidad, descentralización territorial, estabilidad de costes. Pero las industrias fósiles concentran poder, ocupación e influencia política. La lucha no es entre futuro y pasado en abstracto, sino entre actores muy reales con intereses diferentes.

También el conflicto entre meritocracia y poderes establecidos responde a la lógica maquiavélica. Sistemas basados en el mérito, la evaluación y la competencia abierta desafían redes de favoritismo, rentas de posición y jerarquías opacas. Quienes se benefician del 'statu quo' saben exactamente qué pierden; quienes podrían ganar a menudo desconfían que el cambio sea posible.

Esta idea encaja perfectamente también, como han explicado notables profesores universitarios, con el bloqueo de la reforma fiscal en España y en Catalunya. Hoy el sistema fiscal español beneficia a las grandes fortunas y al capital organizado. Las clases medias y trabajadoras, que soportan la mayor parte de la recaudación, serían las principales beneficiarias de un sistema más progresivo. Pero aquí aparece la situación de una base social objetivamente mayoritaria que no tiene la cohesión ni la capacidad de influencia de los grandes intereses.

No es tanto que no se pueda cambiar, sino que cambiar tiene un coste político inmediato que los gobiernos no quieren asumir. El sistema fiscal no cambia, como diría Maquiavelo, porque los que perderían son pocos pero poderosos. Los que ganarían son muchos pero dispersos.

La conclusión de Maquiavelo continúa siendo muy actual: el progreso no triunfa por su racionalidad, sino por la capacidad política de protegerlo mientras es vulnerable. Ignorar esta lección es condenar cualquier proyecto transformador a quedarse en discurso. Entenderla es el primer paso para hacer que el cambio sea posible.

En resumen: los cambios necesarios no son un problema técnico, son un problema de poder. Y mientras este equilibrio no se rompa —con crisis, liderazgo fuerte o una coalición social clara—, las situaciones ineficientes, y a menudo injustas, continuarán penalizando al conjunto de la sociedad. Ya lo dijo hace unos cuantos siglos el gran Nicolás Maquiavelo.

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