Infancia y vivienda: la crisis que no queremos ver
El arraigo no es solo un sentimiento de pertenencia al barrio: es una estructura de protección y de cuidados

Obras, grúas, viviendas, Palmas Altas, Isla Natura, Sevilla, Junio 2025 / Jorge Jiménez / ECA
La crisis de la vivienda es ya una crisis de los derechos de los niños. En este escenario, la infancia y la adolescencia continúan siendo la población más invisible a pesar de ser quien sufre con más intensidad la pérdida del hogar y del arraigo al barrio. A pesar de no aparecer en las estadísticas (no sabemos cuántos niños son desahuciados, sus edades o género, ni en qué condiciones viven), sí que se han estudiado a fondo las consecuencias que genera la inseguridad residencial en los niños y niñas: miedo, estrés crónico, luto y una creciente desafección hacia el mundo adulto.
Según el Observatorio 0-17 BCN, tres de cada diez niños en Catalunya viven en la pobreza o riesgo de exclusión; en Barcelona cuatro de cada diez, con grandes diferencias entre distritos.
Detrás de las cifras hay familias que acumulan meses de retraso en el alquiler, que malviven en infraviviendas o en habitaciones en “chabolismo vertical”. Muchas, especialmente las de origen migrante, se topan con prejuicios que dificultan acceder a un contrato y, sin empadronamiento, también a los servicios y ayudas. A todo ello se suma un miedo constante: el miedo al desahucio, a la no renovación del contrato, al cambio inesperado de habitación.
Varios estudios de UNICEF, Save the Children, FEDAIA, el Observatori DESCA o Cáritas, entre otros, han analizado cómo la inseguridad residencial impacta en la infancia. También la investigación etnográfica que realicé con el Institut Infància i Adolescència (2019–2023) muestra cómo esta inseguridad perjudica a todas las esferas de la vida del niño. El alto coste de la vivienda genera privación material en la infancia: menos alimentación de calidad, renuncia a extraescolares, imposibilidad de acceder a actividades culturales o de ocio. Las consecuencias sobre la salud física y emocional son profundas: ansiedad, problemas de sueño, dificultades de aprendizaje, relaciones que se rompen demasiado pronto. Una vivienda digna es imprescindible para garantizar el bienestar infantil; la carencia de estas condiciones expone a muchas criaturas a diferentes formas de violencia, también institucional.
La escuela es un refugio. Para muchas familias es el último espacio de arraigo estable de su vida cotidiana. Pero en algunos barrios tensionado, más de la mitad de la clase se ha ido por motivos de vivienda. El luto es doble: para los que se van y para los que se quedan. Los equipos de maestros explican que muchos niños optan por protegerse emocionalmente: “no quiero ser tu amigo, porque te irás y sufriré”. El luto residencial impacta de lleno en el aprendizaje. Y los equipos docentes lo sostienen como pueden, a menudo sin el apoyo institucional necesario.
El barrio también es clave. El arraigo no es solo un sentimiento de pertenencia al barrio: es una estructura de protección y de cuidados. El comercio que te conoce y te fía, la vecina que te ayuda, los trayectos seguros por el barrio, las amistades de la plaza… Cuando una familia pierde la casa, pierde también estas redes invisibles que sostienen su día a día, especialmente en hogares más empobrecidos.
Mantener el hogar permite desplegar estrategias de subsistencia—pequeños préstamos, ayuda vecinal, redes de apoyo mutuo—y afrontar emergencias. Las familias conectadas en redes comunitarias y plataformas territoriales en defensa de la vivienda (como la PAH, el Sindicat de Llogateres o las plataformas 080 y 086, entre otras redes de apoyo vecinal y comunitario) tienen más capacidad de resistencia y de garantizar derechos que las que viven aisladas por miedo, desinformación o carencia de tiempo. El barrio articula oportunidades y condiciona trayectorias vitales.
Políticas con mirada de infancia. Justamente por todo esto es necesario que las políticas públicas de vivienda incorporen la mirada de infancia y tengan en cuenta las especificidades de este colectivo que sufre, de forma especialmente intensa, la emergencia residencial. Incorporar la mirada de infancia quiere decir tener en cuenta esta perspectiva a la hora de diseñar acciones y también contar con la participación de niños y niñas, con recursos y continuidad para que no quede en papel mojado.
La defensa del derecho a la vivienda es también la defensa de los derechos fundamentales de la infancia. Una casa no es solo un techo: son vínculos, curas y futuro. Sin vivienda digna no hay infancia plena. Y sin infancia plena, no hay sociedad justa ni cohesionada.
Miryam Navarro Rupérez es doctora en Antopología Social y Cultural. Investigadora en etnografía aplicada al impacto social
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