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Opinión | Trenes y política
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La eterna Renfe

La tragedia de Adamuz y en Catalunya el gran caos en Rodalies están generando una grave caída de la confianza. Los gobiernos tienen que dar la cara

La crisis ferroviaria en Catalunya acaba con el director de Rodalies y el director general de explotación de Adif

La investigación apunta ya a la rotura de una soldadura como "causa principal" del accidente de Adamuz

Un pasajero de Rodalies mira el reloj en un tren parado.

Un pasajero de Rodalies mira el reloj en un tren parado. / Ferran Nadeu

El accidente de Adamuz (45 muertos) es una gran tragedia. Y junto a otros incidentes del AVE y a las actuales limitaciones de velocidad -por cautela, o por presión de unos maquinistas muy afectados- se ha generado una gran desconfianza en la red de alta velocidad, hasta hace poco un signo de modernidad que facilita la movilidad a muchos ciudadanos.

Algo no va. Y tras el gran apagón -aún no explicado-, la inquietud se ha multiplicado. Y aunque el ministro Puente ha dado ruedas de prensa -sin despejar las grandes incógnitas- Sánchez, que ya lleva siete años en Moncloa, tiene que dar la cara en el Congreso. Posponerlo hasta el 11 de febrero -y mezclado con la política exterior- es huir de la dramática realidad. Y Adamuz es otro escalón en la extenuante falta de mayoría, la estéril polarización con el PP -primer partido de la oposición y primer grupo parlamentario-, y el disparo del precio de la vivienda. Feijóo no tiene razón cuando dice que el estado de las vías es el mismo que el de España -la economía va y se crea empleo-, pero refleja bien el desconcierto de muchos ciudadanos. Sánchez no puede seguir escondiéndose.

Vamos a Catalunya. Aquí el problema inicial no fue de Renfe, sino de que en Gelida un muro de la autopista -que sigue medio paralizada- no resistió el temporal y se desprendió sobre un tren matando a un maquinista en prácticas. Pero la falta de inversión de Renfe y de Adif es un grave problema que se arrastra desde hace muchos años y es motivo permanente de queja e irritación. Y la incuria de las vías, agravada por el cambio climático y las tensiones con los maquinistas -reticentes al traspaso de Rodalies a la Generalitat- han provocado un gran caos. Desde hace casi una semana, 400.000 usuarios no pueden acudir con normalidad a su trabajo.

Es algo intolerable, justo cuando se había pactado la creación de una Renfe catalana y cuando, por primera vez en años, se estaba invirtiendo. Pero toda desgracia pública devalúa al Gobierno. Las razones tienen menos relevancia que los perjuicios infligidos al ciudadano, que además en Renfe son crónicos. Por eso la oposición ataca a un Govern en minoría y sus aliados -el propio Junqueras- piden la dimisión de Sílvia Paneque, la consellera de Territori. No quieren parecer cómplices de la desgracia. La política es así: “Piove, porco Governo” ("Llueve, Gobierno cerdo").

Salvador Illa, que prometía buena gestión, debe hacer frente -y desde el hospital- a una situación inadmisible. No lo tiene fácil, pero al menos Albert Dalmau, president en funciones, dará la cara este miércoles en el Parlament. No huye como Sánchez.

El independentismo dice que lo de Rodalies se arrastra desde 2007. Muy cierto. Pero en muchos de estos años no gobernó Illa, que acaba de llegar, sino CDC, ERC y Junts. Creían que con la independencia se arreglaría todo, la independencia abortó, y Rodalies siguió igual. Quizás si hubieran gestionado más, las cosas estarían un poco mejor. Aquello del referéndum consumió muchas horas.

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