Así mueren los comercios en Malasaña y en Gràcia: cuando la nostalgia no paga los alquileres

Alfonso Tordesillas (izda.) y Gonzalo Queipo, fundadores y responsables actuales de Tipos Infames, tras la entrevista con este diario. / Alba Vigaray
Madrid está de luto por el cierre de la librería Tipos Infames, como Barcelona lloró antes la desaparición de los comercios Ona Llibres, Perfumerías Regia y Discos Revólver, entre otros. El adiós de una tienda histórica suele activar un reflejo casi automático: lamento colectivo, sensación de pérdida y discursos sobre la ciudad que se desvanece. El duelo es sincero, pero también profundamente tardío. La pregunta incómoda rara vez se formula en voz alta. ¿Cuántos de los hoy afligidos eran clientes habituales?
El cierre de estos establecimientos suele explicarse con una combinación conocida: gentrificación, alquileres disparados, presión turística y comercio digital. Aunque esta justificación pueda ser cierta, no captura todo el problema.
Durante años, estos comercios se han convertido en símbolos de una ciudad idealizada. Nos gusta que existan porque nos representan, no necesariamente porque los usemos. Se defiende el comercio de proximidad, pero se compra online; se reivindica la librería del barrio, pero solo se visita de forma ocasional. No por desinterés cultural, sino por hábitos, precios y ritmos de vida que empujan en otra dirección.
Al mismo tiempo, exigimos que esos locales sobrevivan con costes crecientes, márgenes estrechos y un público cada vez más esporádico. Sin demanda suficiente, no hay negocio que resista. Así, la estructura económica se resiente antes de que percibamos el vacío cultural, y solo entonces nos damos cuenta de lo que hemos perdido.
Barcelona lo ilustra bien. La ciudad puede generar oportunidades económicas para determinadas actividades, pero complica la supervivencia de los comercios locales, ligados a la fidelización y al arraigo territorial, y que a menudo cierran por falta de relevo generacional.
Quizá el problema no sea que estemos perdiendo tiendas históricas. Quizá sea que hemos aceptado que su función principal ya no es vender, sino recordarnos la ciudad que creemos habitar. Y las urbes, por muy intensamente que se narren, solo se mantienen vivas si se usan.
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