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Opinión | Desafección política
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Los raíles de una herida

Todas las carencias, las falsas promesas y aquellas cuitas políticas que prioricen la descalificación del adversario antes que el servicio a la ciudadanía solo ahondarán en la herida que dejó la Gran Recesión

Usuarios de los trenes de Rodalies esperan las llegada de sus convoys en la estación de Sants en un servicio que funciona con retrasos pero no está interrumpido. Fotografía de Jordi Cotrina

Usuarios de los trenes de Rodalies esperan las llegada de sus convoys en la estación de Sants en un servicio que funciona con retrasos pero no está interrumpido. Fotografía de Jordi Cotrina / Jordi Cotrina / EPC

¿Qué rastro deja el dolor? ¿En qué momento exacto se cierra una herida? ¿Qué ocurre si la piel cicatriza de una forma anómala y no deja de engrosarse? En nuestras calles existe la fantasmagoría de un desgarro que no deja de rondarnos.

En otoño de 2008, nuestro mundo -ese que creíamos tan sólido y en línea ascendente- se cuarteó. Tardamos en darnos cuenta. Desde nuestro sofá, vimos a empleados de Lehman Brothers salir de su sede en Manhattan. En sus manos, cajas de cartón con unas pocas pertenencias y los restos de un gigante financiero. Aún no sabíamos que esa imagen sería el símbolo de la Gran Recesión. Menos todavía que el abismo se abriría bajo nuestros pies.

Pronto, los titulares se poblaron de desesperanza. Despidos, desahucios, colas del hambre, persianas bajadas... El paro en los mayores de 50 años aumentó de forma dramática, la brecha de género se agravó y los jóvenes se llevaron la peor parte. Para la que se denominó la ‘generación perdida’, la precariedad y la inseguridad se instalaron en sus vidas. Muchos no han conseguido desalojarla.

La crisis económica fue el final y el inicio de muchas cosas. En un sinfín de estadísticas, las curvas abandonaron la línea ascendente para emprender un vertiginoso descenso. Declives que, en muchos casos, aún no se han logrado revertir. Desde la natalidad hasta la desafección política. Desde los salarios reales hasta la salud mental. Y sí, también las inversiones públicas en vivienda o en unas ya castigadas infraestructuras ferroviarias.

Ningún partido que ha participado en los gobiernos de España y Catalunya de los últimos 20 años está exento de responsabilidad en algunas de esas curvas descendentes. Por incapacidad o por voluntad política se tomaron o se dejaron de tomar decisiones que aún no han hecho posible su reversión total. Además, mientras no se conseguía retornar al punto de inicio, la población no dejaba de crecer. Más de tres millones de personas en el conjunto de España, casi un millón en Catalunya.

Del mismo modo que el pasado incide directamente en la actualidad, las decisiones que ahora se tomen y cómo se tomen moldearán el futuro. Más allá de los raíles o el ladrillo, está la determinación política de quién se coloca en el foco de la acción. Porque el hombre que se convirtió en un parado de larga duración cuando fue despedido en 2010, la mujer que vio truncada su carrera o el recién incorporado al mercado laboral en condiciones precarias sintieron emociones muy parecidas a los jóvenes que hoy que no pueden emanciparse o a la legión de usuarios de Rodalies lastrados por un servicio insoportablemente deficiente. Según un estudio de la Universitat Rovira i Virgili, el 88% de sus usuarios habituales sufren un aumento de ansiedad, depresión y malestar físico.

Es el abandono. La persistente sensación de abandono mientras la desigualdad no deja de agravarse. Todas las carencias, las falsas promesas y aquellas cuitas políticas que prioricen la descalificación del adversario antes que el servicio a la ciudadanía solo ahondarán en la herida.  

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