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Opinión | CORTO Y AL PIE
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Descarrilamiento del Iryo: por qué un ministro no puede insinuar causas

Óscar Puente, ministro de Transportes, el viernes.

Óscar Puente, ministro de Transportes, el viernes.

Óscar Puente ejerce más como perito de verbo fácil que como ministro de Transportes. Esa verborrea tiene consecuencias. Cuando se trata de accidentes ferroviarios, cada palabra pesa. El viernes Puente avanzó un «posible defecto de fábrica del carril» que se rompió en Adamuz antes de que descarrilara el Iryo. Este fallo «es una de las razones» que pudo provocar el accidente. La afirmación de Puente es comprensible, porque ninguna opción debe descartarse de entrada. La controversia no está ahí, sino en haber puesto el foco tan pronto sobre una causa concreta y en haber dado el nombre del proveedor que fabricó la vía: Arcelor. Este suministra el 99% de los raíles de Adif. 

Desde ese momento, el debate deja de ser neutro y el relato empieza a construirse antes de que los informes técnicos lo respalden. Apuntar a un posible fallo de un proveedor, aunque no se diga explícitamente, sugiere que el origen del descarrilamiento está fuera de la infraestructura, de su mantenimiento o de su gestión. Añadir que Arcelor es una empresa puntera y que fabrica en España, como señaló el presidente de Adif, puede parecer una aclaración tranquilizadora, aunque en la práctica funciona como un escudo. Si la hipótesis se confirma, el fallo se presenta como imprevisible con un proveedor tan cualificado. Si no es así, el daño reputacional ya está hecho. En ambos casos, la insinuación llega antes que las conclusiones. No es esta una cuestión menor. La reputación industrial se construye lentamente y se deteriora con mucha rapidez, sobre todo si las sospechas provienen de una voz institucional. 

Todo ello remite al papel que corresponde a un ministro en situaciones como esta. Analizar todas las hipótesis es lógico y comprensible, pero resulta fundamental medir con cuidado cuándo y cómo comunicarlas. Puente no está para adelantar causas, sino para garantizar que los informes de los técnicos se elaboran con independencia y sin presiones externas. En materia de seguridad ferroviaria, la prudencia siempre es una obligación política. 

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