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Opinión | GATO ADOPTIVO

Puente, el cortafuegos de Sánchez

Óscar Puente, el presidente Sánchez y María Jesús Montero, en Adamuz.

Óscar Puente, el presidente Sánchez y María Jesús Montero, en Adamuz. / Jorge Zapata / Efe

Óscar Puente solo ha cometido un error de comunicación desde el trágico accidente del domingo. Fue esa misma madrugada, cuando compareció desde el centro de control de Adif en Atocha y soltó aquello de que el siniestro era “tremendamente extraño”. En una crisis así, la primera regla es justo la contraria, transmitir a los ciudadanos calma, que se está al mando y que se tiene el control.

Desde entonces, Puente ha asumido casi en solitario la comunicación para aislar al resto del Gobierno. Y no es improvisado: un único portavoz para evitar mensajes cruzados, presencia constante en los medios de comunicación y comparecencias con altos cargos del Ministerio y responsables de las compañías Renfe y Adif de perfil técnico a su lado. Con esa fórmula, el Ejecutivo ha intentado mover la conversación del terreno partidista al técnico, más complejo de digerir para el conjunto de la ciudadanía; un ejercicio de escapismo político de libro. Puente ha sido el cortafuegos de Sánchez al absorber el impacto del accidente y dar la cara. Ha comprado tiempo para el presidente y ha ocupado el espacio mediático para que no se perciba el vacío del líder.

Mientras Sánchez ha reducido su agenda, ha esquivado el foco y ha intentando ponerse a salvo de la crítica pactando un funeral de Estado y una tregua política con el presidente andaluz Juanma Moreno, el ministro Puente ha concentrado toda la atención y ha intentado devolverla convertida en gestión.

Por eso Moncloa no lo va a soltar ahora, aunque la conclusión provisional de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios apunte a las vías y, por tanto, a la responsabilidad del Estado. Cambiarlo hoy sería aceptar la culpa y abrir un dominó de final incierto. Hay, además, otro factor, y es que Puente no tiene, o eso dicen los que lo conocen, ambición política. Al no estar pensando en su futuro, puede exponerse, asumir el desgaste y actuar como escudo sin más cálculo político. Si llega el sacrificio, será al final, cuando el relevo sirva para resetear la crisis.

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