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Opinión | Decisiones
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Una habitación con vistas (a un solo libro)

Soy de las que se bloquean ante el exceso; sufro saturación de microdecisiones frente a una elección que se me vuelve imposible. Querría mirarlo todo y acabo sin poder fijarme en nada

Librería Morioka Shoten, en Tokio (Japón)

Librería Morioka Shoten, en Tokio (Japón) / EPC

Leo que en Tokio existe una librería con un solo libro. Se llama Morioka Shoten y, cada semana, pone a la venta un único título. Solo uno durante siete días. Después desaparece y el relevo lo toma otro libro.

Detrás hay un librero formado en el distrito de librerías de viejo de la capital japonesa. Es un barrio excesivo, lleno de estanterías infinitas donde la abundancia se convierte en obstáculo. Soy de las que se bloquean ante el exceso; sufro saturación de microdecisiones frente a una elección que se me vuelve imposible. Querría mirarlo todo y acabo sin poder fijarme en nada. ¿Os pasa? Elegir una película en una plataforma un sábado a las diez de la noche es misión imposible: el sueño aparece antes de que me haya decidido. Como el señor que también quiere coger yogures del frigorífico del súper y espera impaciente detrás de mí mientras mi cerebro procesa etiquetas, texturas, ingredientes y mensajes subliminales para acabar cogiendo un flan, oye, que es más fácil.

Deduje que el “librero de la librería de un solo libro” debía de ser de los míos, pero iba bastante más allá. Morioka Shoten abrió planteando una pregunta tan simple como radical: ¿cuánto espacio necesita realmente un libro? En las fotografías el local es pequeño, casi una habitación, y todo lo que hay expuesto —cuadros, pinturas, objetos, incluso la luz— gira alrededor del título escogido. Es como entrar en el mundo de Alicia, pero no para perderse, sino para dimensionar la trama. Una prolongación natural del libro. Darle tiempo y atención. Y no tener que decidir, también.

A veces es profundamente reconfortante que otro decida por ti. Cuando en una comida con amigos ves que la cosa apunta a platos para picar y cierras la carta y dices “lo que decidáis”. Dejarse llevar, desconectar el estado de alerta, el radar permanente de las cosas que tenemos que decidir cruzando variables como lo que nos conviene, lo que es oportuno, lo que es urgente, lo que nos podemos permitir y lo que nos apetece. Solo un rato, como una opción consciente y reversible. Casi como un acto de libertad.

Hay libros que, cuando se acaban, te dejan un vacío inesperado. Libros en los que te quedarías a vivir, personajes que querrías como amigos, escenas espejo que te dicen que esa vida se parece tanto a la tuya que te gustaría entrar en una habitación con vistas reconocibles y que ese autor, durante un rato, decidiera qué nos tiene que pasar a continuación.

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