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Opinión | Conocidos y saludados
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Óscar Puente: de ida y vuelta

Óscar Puente se enfrenta políticamente a la peor crisis que ha vivido su departamento y personalmente al efecto 'boomerang' de sus habituales y ácidos dardos lanzados por él contra sus contrarios vía redes

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante una rueda de prensa

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante una rueda de prensa / Gustavo Valiente - Europa Press

Las desgracias nunca vienen solas. Una evidencia que, no por asumida, alcanza la aceptación cuando los reveses se acumulan. Incluso la hacemos nuestra ante la tragedia ajena a pesar de que no nos ataña personalmente porque sacude a la sociedad globalizada a la que pertenecemos. Es la influencia de la imagen. Del impacto emocional fruto de una realidad que nos interpela porque cualquiera de nosotros hubiera podido estar allí y no poder contarlo. Y nos conmueve el tremendismo que desprenden los documentos ilustrados por afectados, testimonios y técnicos convertidos en protagonistas de crónicas que, pugnando por la atención de los espectadores, han ido avanzando en un amarillismo periodístico ayer criticado y hoy descolorido. Definitivamente, el despliegue televisivo por los crímenes de Alcàsser, tan vilipendiado aquel otoño del 92, solo fue el prólogo

La trágica semana que cerramos quedará en los anales de sucesos por tres accidentes ferroviarios y sus consecuencias. Los siniestros de Adamuz y Gelida dejan casi medio centenar de cuerpos sobre las vías y mantienen hospitalizadas a otras personas. Los supervivientes cuentan sus historias ayudando así a la reconstrucción de los hechos y aportando cúmulos de emociones del primer siniestro de la alta velocidad en España y otro más de las históricamente castigadas Rodalies catalanas. Añadamos lo sucedido en Cartagena donde un tren de vía estrecha poco concurrido chocó con una grúa y nos queda un paisaje sombrío por inseguro de un transporte imprescindible para liberar las autopistas de automóviles, rebajar el número de vuelos y controlar mejor los niveles de contaminación. A la vez, se desmienten frases grandilocuentes como la del verano pasado describiendo el actual como “el mejor momento histórico del sistema ferroviario español”. La pronunció Óscar Puente Santiago (Valladolid, 15 de noviembre de 1968).

Es evidente que tres accidentes en pocos días, por causas tan dispares y en lugares distantes, es infrecuente. También debería serlo hacer caso omiso a los maquinistas y despreciar sus informes que denunciaban falta de mantenimiento de las vías. Un hecho despreciado en otoño que curiosamente coincide ahora con la “posibilidad innegable” de que la causa del descarrilamiento del Iryo se debiera al estado de los raíles. Expresión del ministro de Transportes que, por cierto, no le compraría la RAE que le sugeriría usar el adjetivo “probable”. Por lo menos mientras duren las investigaciones.

Lo innegable, eso sí, es que Óscar Puente se enfrenta políticamente a la peor crisis que ha vivido su departamento y personalmente al efecto 'boomerang' de sus habituales y ácidos dardos lanzados por él contra sus contrarios vía redes. Actividad que rebajó en plena conmoción por el accidente. En medio de tanta especulación no deberían perderse de vista los efectos no deseados provocados por la división administrativa - que no efectiva - de Adif y Renfe. Se vio en la rueda de prensa sin Iryo a pesar de ser suyo el tren descarrilado. En cambio, el mostrador de esta compañía era el único abierto en Atocha el miércoles por la noche para atender a los pasajeros afectados por los retrasos debidos a la reducción de velocidad impuesta. Los usuarios tomaron al asalto las repisas vacías de las empresas públicas. Necesitaban cargar sus móviles para trasladar, ellos sí, a sus familias la falta de información.

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