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Opinión | Govern
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Gestores sin gestión

Catalunya ha aparecido de golpe como un país colapsado, sin movilidad ni capacidad de respuesta, por la simple caída de un solo muro

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La semana negra ferroviaria ha terminado como nos lo temíamos. Tras unos primeros días de inédita prudencia, la cabra de la confrontación vuelve a su monte natural, el del insoportable fango. Feijóo, otra vez a remolque de Ayuso, lo dejó sentenciado en una frase tan sonora como barata: "El estado de las vías es el reflejo del estado de la nación". Nada nuevo, pues, en el estercolero de la derecha. Todo es, todo vuelve a ser, culpa de Pedro Sánchez. Que esto lo proclame el partido que perpetró la tragedia de la dana, a remolque de los altavoces de la capital, es un síntoma, otro más, del clima golpista que se vive en la capital. De ahí que lo más relevante esta vez, en el dramático dominó de accidentes, haya sido ver cómo el Govern de la Generalitat administraba su caos particular. Con Salvador Illa en la enfermería, el PSC ha tenido que afrontar descabezado su primera gran crisis, y la sensación es que sale del envite visiblemente atropellado. El relato del socialismo catalán se ha basado en los últimos años en un concepto tan simple como ganador: gestión, gestión y gestión. Un número suficiente de votantes le compró el concepto, y se puso manos a la obra para edificar un gobierno aburrido y sin días históricos, pero cultivando la imagen de trabajador, responsable y dedicado a los problemas de la gente, la frase que hizo fortuna durante el 'procés' para contraponerse a los sueños imposibles del independentismo.

Pues bien: han aparecido de golpe los problemas reales, y el Govern de la gestión ha naufragado sin paliativos. Catalunya ha aparecido de golpe como un país colapsado, sin movilidad ni capacidad de respuesta, por la simple caída de un solo muro. Para más 'inri', se anunció que se restablecía la normalidad y nos despertamos un jueves negro viendo cómo el Govern era incapaz de hacer cumplir lo que había anunciado. Es decir, precipitación y poco rigor comunicativo. La última comparecencia de Sílvia Paneque solo sirvió para ahondar todavía más en la sensación de un Govern agobiado y con escasa capacidad de respuesta. Mucha gestión invocada, pero el ciudadano de a pie sigue sin saber cuándo se resolverá de una vez por todas el drama de Rodalies. Se prometieron grandes mejoras, pero nadie sabe decirnos qué día del futuro lejano nos despertaremos sin tener que sufrir un transporte público propio de una república bananera, corrupta y desestructurada. Por no poder, el PSC ni siquiera ha podido arrancar a Óscar Puente una promesa de más inversión, y se ha resquebrajado la idea de que un Govern socialista aquí arrancaría inversiones más fácilmente a un Gobierno socialista allá. La única ventaja del PSC es que delante tiene un independentismo deshecho, peleado y ya sin ninguna capacidad de movilización. ¿Qué hubiera sucedido si este caos fabuloso acontece en pleno apogeo del independentismo? Lo que antes hubiera sido un terremoto de consecuencias imprevisibles, ahora es solo un temblor digerible. Pero urge que el Govern Illa, con o sin él, aspire a ser algo más que una máquina aburrida de comunicación. De momento les ha llegado un primer y serio aviso.

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