Me duele el alma
El hombre dispuesto a sacrificarse sin imaginar que el sacrificio será recompensado y el hombre que está a un paso de convertirse en héroe y que vive un drama íntimo que le perseguirá toda la vida
Senegal gana la Copa de África tras amagar con retirarse por un penalti que acabó fallando Brahim

El penalti de Brahim, parado por Mendy. / Youssef Loulidi / AP
El deporte es una de las más potentes máquinas contemporáneas a la hora de fabricar mitología. No hablo solo de trayectorias individuales (el niño que nace en un suburbio embarrado y que llega a la cima, la chica que se lesiona gravemente en un tobillo y vuelve triunfante a los pabellones) o de grandes éxitos colectivos, de derrotas chocantes o de victorias estallantes. Hablo, sobre todo, de momentos concretos que funcionan como un correlato objetivo, de instantes que nos sirven para hablar, más allá de la anécdota, de inquietudes humanas y de cómo los arquetipos funcionan, muchas veces, como ejemplos plausibles de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser.
Este domingo se jugó la final de la Copa de África de fútbol en Rabat. Todo estaba preparado para que ganara Marruecos, pero después de un partido intenso y de un final caótico, se impuso Senegal. En los últimos minutos, el árbitro anuló un gol legal a los llamados "leones de la Teranga" y concedió un penalti muy dudoso a los otros "leones", los del Atlas. Los senegaleses, indignados, decidieron abandonar el terreno de juego. Solo un hombre, uno, el veterano Sadio Mané, permaneció de pie en el césped. Con su actitud, que entonces parecía suicida, logró que todos sus compañeros volvieran al campo. De hecho, la pena máxima aún estaba por ejecutarse. Era la última jugada del partido. Pero ese gol había que marcarlo. Lo tenía que hacer Brahim Díaz, un joven malagueño seleccionado por Marruecos. Era el instante clave, el momento decisivo. Toda la gloria para él. Y erró el disparo de forma ridícula, con un chut de mantequilla que detuvo plácidamente el portero. Desolado, con la mirada perdida, declaró después: “Me duele el alma”.
El hombre dispuesto a sacrificarse sin imaginar que el sacrificio será recompensado y el hombre que está a un paso de convertirse en héroe y que vive un drama íntimo, compartido por la multitud, que le perseguirá toda la vida. Si Homero hubiera visto la final de la Copa de África, a estas alturas ya estaría dictando otro memorable poema épico.
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