Adiós Trump
Europa debe plantar cara y buscar un horizonte propio, lejos del capricho de un país que ha dejado de ser referente y en el que no podremos confiar

Protesta en Dinamarca contra los planes de anexión de Trump / Nichlas Pollier / BLOOMBERG
No sé usted, pero yo hoy me sentiría más seguro en Irán que en EE.UU. Al menos, en el país de los ayatolás sabemos que no hay que criticar al gobierno ni cuestionar su legitimidad para seguir vivo. Pero en EE.UU., donde creíamos que estas dos premisas de libertad —cuestionar al gobierno y la legitimidad de sus medidas— eran sagradas, ya no son suficientes para no ser ejecutado, como se ha visto en Minnesota.
En su segundo mandato, Donald Trump gobierna solo por la fuerza. No hay más. Eso es lo que prevalece en Venezuela, un país relativamente fácil de someter, y eso también es lo que hace con Groenlandia, la isla que quiere anexionarse, sin importar que sea un territorio aliado.
Pero esa misma razón es lo que le ha llevado a renunciar a atacar a Irán, donde la fuerza no es suficiente. Bombardear el país de los ayatolás traería consigo consecuencias que sus servicios de inteligencia le han desaconsejado. Sería el detonante de una guerra regional entre las dos grandes corrientes del islam —los sunitas y los chiitas—, con implicaciones muy serias en Irak, Siria, Yemen y Líbano.
El potencial de que una frivolidad así acabara convirtiéndose en una nueva confrontación global es colosal, así es que el propio Trump, que ha generado una falsa ilusión entre los manifestantes en Teherán de que acudiría en su ayuda, se ha acobardado.
Al final, lo que le dicta su moral no es la defensa de las libertades, sino el rendimiento económico. Y hoy por hoy, el retorno de atacar Teherán es incierto y no parece positivo. Trump pasará a la historia como el presidente que cambió el mundo, pero la cuestión es si alguien saldrá ganando además de China, que se presenta como un país pacifista frente al ególatra americano.
Y aquí es donde Europa, ahora amenazada con nuevos aranceles si no entrega Groenlandia, debe plantar cara y buscar un horizonte propio, lejos del capricho y la volatilidad de un país que ha dejado de ser referente de nuestro modo de entender el poder y el mundo y en el que no podremos confiar, al menos hasta después de Trump.
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