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Opinión | Nobel de la Paz
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Un Scalextric para Donald

Últimamente hay que pellizcarse para comprobar que lo que vemos es real

¿Puede Trump quedarse con la medalla del Nobel de María Corina Machado?

Indignación por la decisión de Machado de entregar la medalla del Nobel a Trump

María Corina Machado entrega su medalla del premio Nobel de la Paz a Donald Trump

María Corina Machado entrega su medalla del premio Nobel de la Paz a Donald Trump / Reuters

Donald Trump ya tiene su Scalextric. Parece una broma, pero no lo es. Basta mirar la imagen. Donald Trump sonríe con esa satisfacción infantil tan suya mientras sostiene con las dos manos la medalla del premio Nobel de la Paz. “Ya es mío”, parece decir. María Corina Machado apenas la sujeta para la foto. Últimamente hay que pellizcarse para comprobar que lo que vemos es real. Trump ha decidido abrazar el mundo entero y obligarnos a vivir al servicio de sus caprichos, como si todo fuera una pista de juguete en la que él decide el trazado y hace correr los coches.

A raíz de esta escena, tan grotesca como reveladora, me entró una curiosidad bastante básica: ¿alguien ha rechazado alguna vez un premio Nobel? Desde hace más de un siglo, es una de esas cosas a las que no se dicen que no. Con dos excepciones y media.

El caso “y medio” es el de Boris Pasternak. Ganó el Nobel de Literatura en 1958 y quiso aceptarlo, pero no pudo. El régimen soviético lo presionó hasta el extremo y acabó obligándolo a renunciar públicamente. No fue una decisión libre, así que cuesta contarlo como un rechazo real. Más bien es otra prueba de que incluso un premio pensado para reconocer el talento puede convertirse en un problema cuando el poder decide intervenir.

Los otros dos casos sí son rechazos propiamente dichos. Y el primero de ellos yo no lo tenía presente. Se trata de Lê Đức Thọ y rechazó el Nobel de la Paz en 1973. Se lo habían concedido por los acuerdos de París que debían poner fin a la guerra de Vietnam. Compartido, nada menos, con Henry Kissinger.

Lê Đức Thọ dijo que no podía aceptar el premio porque, pese a las negociaciones, la guerra seguía. El gesto dejó en evidencia que el premio se adelantaba a la realidad, que certificaba una paz que no existía. Thọ no quiso participar de esa ficción. Kissinger sí lo aceptó.

El otro caso es el más famoso. Jean-Paul Sartre rechazó el Nobel de Literatura en 1964. En su caso, la razón era distinta. Sartre desconfiaba de los premios en general, pensaba que convertían al autor en institución, que lo separaban del conflicto. Aceptar el Nobel —decía— suponía dejar que otros decidieran qué representabas.

Sartre insistía en que el ser humano está condenado a ser libre. Yo quisiera una charla con Jean-Paul a día de hoy, admirado: ¿cómo lo ves, esto de la libertad?

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