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Opinión | Tribuna

Asturias: Una Agencia de Salud Pública que piense el país entero

El Hospital Universitario Central de Asturias

El Hospital Universitario Central de Asturias / Chus Neira

España tiene una rutina que se repite con la tranquilidad de lo inevitable: cuando se decide la sede de un organismo estatal, la brújula apunta al centro o a las grandes capitales. Madrid por tradición; Barcelona por peso o contrapeso; Zaragoza por centralidad; y, cada vez más, otras ciudades con capacidades ya consolidadas, en este caso en salud pública, como Granada. No es una crítica a ninguna de ellas: es una constatación de cómo funciona la inercia. Pero precisamente por eso conviene preguntarse si la Agencia Estatal de Salud Pública (AESP) debe nacer en el lugar más obvio o en el lugar más coherente con su misión.

Porque la salud pública no es una institución de pasillos. Es una disciplina territorial. Se escribe con geografía, con desigualdad, con demografía, con dispersión y densidad, con ruralidad y ciudades intermedias, con costa y montaña, con cuencas industriales y de memoria histórica y democrática, con cambios poblacionales y comarcas envejecidas. La salud pública no se entiende —ni se gobierna— desde un mapa plano. Por eso, el país necesita una Agencia Estatal que piense el país entero.

Esta frase no es retórica. Es una exigencia práctica. Si la AESP nace donde ya está casi todo, corremos el riesgo de reproducir lo que ya existe: un Estado que se concentra y que, sin quererlo, interpreta la realidad desde el ángulo de las grandes aglomeraciones. Y España no es solo eso. España es también —y sobre todo— un país de territorios diversos, de ciudades intermedias que sostienen servicios esenciales, de comarcas en transición económica, de zonas rurales que se vacían, de retos ambientales que no se distribuyen por igual.

En este punto, en nuestra presentación de Asturias como candidata a la Agencia Estatal de Salud Pública, Asturias no pide un favor. Ofrece una oportunidad de Estado. Asturias es uno de los pocos lugares donde la diversidad del país se ve en un espacio compacto: un área central articulada por ciudades intermedias, costa y montaña a pocos kilómetros, entornos semiurbanos y rurales, y comarcas que han vivido reconversiones industriales y hoy se enfrentan a nuevos determinantes de salud. Si uno quisiera diseñar un laboratorio real —no experimental, real— para que una agencia estatal entienda qué significa salud pública en España, Asturias, y la propuesta específica de la ciudad de Oviedo, sería una opción muy difícil de superar.

Hay otro elemento que conviene decir claro. La descentralización no es un capricho identitario, ni una compensación simbólica. Es una forma de hacer que el Estado funcione mejor. Un país se vertebra cuando distribuye capacidades, cuando reparte centros de decisión, cuando evita que todo el conocimiento, la inteligencia de las administraciones, toda la contratación y toda la interlocución estén concentrados en los mismos códigos postales. Elegir Asturias es hacer vertebración palpable y no sólo discursiva: empleo público cualificado que arraiga, ecosistemas científicos que se fortalecen, servicios que mejoran, y una señal política inequívoca de que España se organiza desde su pluralidad.

Y si además queremos hablar de solvencia —no solo de simbolismo—, Asturias aporta algo que no se improvisa: experiencia. En las últimas décadas ha desplegado herramientas e iniciativas de salud pública y salud comunitaria que conectan indicadores con acción local, municipios con promoción de la salud, atención primaria con acción comunitaria. Asturias ha sido y es referente en salud pública y ha exportado conocimiento que se ha llevado a otras comunidades autónomas: formación a residentes de profesiones sanitarias de diferentes puntos del país, el Observatorio de Salud, la orientación comunitaria desde Atención Primaria, programas que han escalado desde el norte al ministerio. Esa cultura de salud pública, cuando es estable, se nota en el modo de trabajar: en vigilancia, en coordinación, en prevención, en capacidad de movilizar recursos ante crisis. Durante la COVID-19, por ejemplo, lo que marcó diferencias no fue el discurso; fue la preparación y la coordinación. Con dificultades, con aciertos y con obvias y posibles deficiencias, la salud pública se convirtió en columna vertebral, y Asturias mostró músculo.

La AESP debe ser un cerebro nacional, sí. Pero un cerebro que piense con todos los nervios del país, no solo con los de dos o tres o cuatro metrópolis. En España hay ciudades con gran capacidad técnica —Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Granada—, sin duda. Pero precisamente por eso es el momento de elegir con sentido de Estado: apostar por territorios representativos, por ciudades intermedias, por comunidades autónomas que encarnan bien la diversidad española.

Asturias no pide un favor. Asturias ofrece una oportunidad: que la España plural no se limite a proclamarse, sino que se organice. Y que la salud pública, al fin, se coloque donde debe estar: cerca de la gente y cerca del país real.


Rafael Cofiño es diputado de Sumar por Asturias en el Congreso de los Diputados. ExdDirector general de Salud Pública del Principado de Asturias. Xabel Vegas es diputado de Convocatoria por Asturias en la Junta General del Principado de Asturias