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Opinión | La Calle Nueva
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Cuando ya nada se espera...

España vive otra vez una incertidumbre en la que no está sola. Es la incertidumbre del mundo, donde Trump y sus sucedáneos están explicando el futuro como si no lo habitaran personas sino gorilas o bandidos

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El expresidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Grinán saliendo de los juzgados

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José Antonio Griñán, que fue ministro de Felipe González y presidente de Andalucía, usó ese título, 'Cuando ya nada se espera', para un libro de memorias que le publicó en 2022 Galaxia Gutenberg. Ahora lo he estado releyendo, mientras entran en la vida los terribles ecos de una guerra nueva.

Son unas memorias, pero no son una reliquia de entonces. Son un recordatorio de lo que ya parece que no puede ser, pero que fue, en este país y en el mundo. Tras una sucesión terrible de guerras propias y ajenas, pero cercanas, en las que la muerte y la desgracia rompió (como dice la frase de 'El extranjero' de Camus) el equilibrio de los días, vino otra era en la que España se hizo un nuevo país y pudimos contemplar el estandarte de otra esperanza: la Transición. Ahí, en 'Cuando ya nada se espera', ese es el argumento de la esperanza. Ya se había muerto Franco, ahora parece que lo resucitan. Es, otra vez, el modo de romper el futuro.

El mundo que vivimos, en los años de las guerras, parecía haber acabado cuando los países, en Europa, por ejemplo, decidieron acercarse, juntarse, tan civilizados como los viejos sueños rotos de vivir en paz. La ETA se encargó de hacer de su mal una historia terrible en la que, por otros medios, con otras sinrazones, se le devolvió a este país el terrible daño de la maldad y del miedo, y del asesinato. Y dejó de existir la ETA. No está, ya no tiene nombre, ya es parte de la historia, del dolor, por tanto, y su recuerdo es maligno. Pero ya no está.

Ese libro de Griñán está ahí, ante mis ojos, haciéndome vivir la esperanza de que aquello que se pudo contar (la paz, la ilusión del futuro) pueda ocurrir de nuevo, en las naciones y en los pueblos, en este país y en todas partes. No es común encontrarse, de pronto, con el miedo tocando a la puerta en los países que ya no tenían miedo. Pero ahí está, el miedo en la calle (en las calles de Estados Unidos, por ejemplo, en Gaza, en las calles inesperadas, en las aceras, en las escuelas de los niños) y el miedo en el mundo… Todos los días se esgrimen razones para la guerra, manejada desde despachos en los que los mandatarios explican, de noche y de día, que ellos son los dueños del futuro, que manejan como si fuera un juguete. En Groenlandia, en Venezuela, en Oriente Medio, vete a saber cuándo se harán dueños también del futuro de nuestros propios caminos.

Ahora los amaneceres son reliquias del pasado. Por ejemplo, de lo que ocurría cuando se publicó aquel libro, cuyo título es un verso de Gabriel Celaya y es, en el libro de Griñán, una autobiografía que podía ser, también, la crónica general de la vida de otros, al menos de aquellos de su generación, a la que me acerco. Ahora España vive otra vez una incertidumbre en la que no está sola. Es la incertidumbre del mundo, donde Trump y sus sucedáneos están explicando el futuro como si no lo habitaran personas sino gorilas o bandidos.

Desde Estados Unidos suenan clarines terribles que nos despiertan de madrugada con la noticia cotidiana: lo que dijo, lo que hace, lo que manda a hacer el presidente del país más poderoso de la tierra. El libro de Griñán parte del poema de Celaya y acaba con unos versos de César Vallejo, aquel peruano que hizo de su tristeza la búsqueda de la pena: “Y en esta hora fría, en que la tierra/ trasciende a polvo humano y es tan triste, /quisiera yo tocar todas las puertas,/ y suplicar a no sé quién, perdón,/ y hacerle pedacitos de pan fresco/ aquí, en el horno de mi corazón…”.

Ya todo se escribe desde Estados Unidos, como si un hombre solo, pero no solitario, estuviera acechándonos para darle su impronta personal a lo que ocurre. Y lo que ocurre es verdad y es terrible. Ver a Donald Trump manejando la vida de las naciones (las que fueron, las que están a punto de dejar de estar) mandando en todas las horas del día y de la noche, es un modo terrible de sentirse al final de una calle en la que uno de los que cumplen con la tarea horrible del rifle o la pistola mata a cualquiera. Y, en seguida, el presidente o sus empleados hallan razón para convertir la maldad asesina en una razón de Estado, una venganza, un aviso mortal que en cualquier otro momento le ocurrirá a otro inocente que tuvo miedo hasta que ya fue un cadáver en la calle.

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