Waldo, 'Pluribus' y los tecnoprometeos
La élite de Silicon Valley que apoya y se aprovecha de Trump comparte creencia en que el progreso debe ser dirigido por visionarios que no aceptan la disidencia
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La obsesión que une a los millonarios de Silicon Valley con 'El Señor de los Anillos'

Leonard Beard / 5
Rhea Seehorn, la extraordinaria Kim Wexler de ‘Better Call Saul’, es uno de los nombres estelares de la temporada de premios. Ha ganado (merecidamente) el Globo de Oro y el Critic Choices Award por su papel en ‘Pluribus’, la serie de ciencia ficción de Vince Gilligan que da la vuelta al clásico tema literario de la invasión de cuerpos. Aquí, las víctimas (toda la humanidad excepto un puñado de inmunes, como Carol Sturka, el personaje de Seehorn) no se convierten en zombis hambrientos o en monstruosos hongos a lo ‘The last of us’. Al contrario: la humanidad pasa a ser una mente colmena cortés, pacífica, extremadamente amable, servicial y permanentemente feliz. No hay guerras, ni crimen, ni egoísmo, tan solo la armonía tras la pérdida de la individualidad. El personaje de Seehorn —cínica, solitaria, en la frontera de la misantropía, la persona más infeliz del mundo— busca revertir el efecto del virus extraterrestre más por rebeldía, por llevar la contraria a tanta sonrisa y servilismo, que por convencimiento.
‘Pluribus’ da para muchas interpretaciones: se la analiza como una crítica al pensamiento único que imponen las redes, ya que la colmena sería la gran y única burbuja de atención. También se afirma que la serie cuestiona el imperativo de estar siempre bien y perfecto, la tiranía del postureo de las redes. En este sentido el conflicto y la insatisfacción serían formas de ser humano. Hay quien ve en la perfección de la colmena que todo lo sabe y que a todo tiene respuesta el algoritmo sabelotodo del que ChatGPT es solo el embrión.
‘Pluribus’ es a ratos tragicomedia, a ratos un comedia romántica y todo el tiempo un ejercicio desasosegante, similar al de otra gran serie de ciencia ficción de Apple TV, ‘Severance’. La cotidianeidad de la historia, la verosimilitud con la que se desarrolla una historia de ciencia ficción es inquietante. La ciencia ficción y la fantasía funcionan como laboratorios en los que abordar problemas problemas reales (políticos, tecnológicos, ecológicos, de género, de clase) sin tener que lidiar con la realidad. El futuro, otros mundos y realidades alternativas permiten cuestionar el presente. Los grandes nombres de la ciencia ficción funcionan así: Orwell, Huxley, Bradbury, Le Guin, Atwood, Herbert, Dan Simmons… ‘Pluribus’ juega la carta de la cotidianiedad, como antes que ella ‘Blank Mirror’ y ‘Years and Years’ en TV, o ‘Her’ y ‘Civil War’ en cine. Sucede ahora, y eso le da un plus: logra hacer que un supermercado con los estantes llenos de productos perfectamente alineados sea aterrador.
Cada era genera sus propias historias de terror, ciencia ficción y fantasía, como reflejo de sus miedos, preocupaciones y mostruos. El ‘Frankenstein’ de Guillermo del Toro hoy fascina y atrae por su estética, pero no asusta porque hemos superado de largo los miedos que en el siglo XIX generaba la humanidad jugando a Dios. La aceleración de los tiempos hace que hoy los primeros capítulos de ‘Black Mirror’ (el primer ministro británico y el cerdo) parezcan costumbristas. El tercer capítulo de la segunda temporada de ‘Black Mirorr’, de 2013 se lee hoy como una crónica política. Lo protagoniza Waldo, un oso azul animado y grosero, con la voz y movimientos controlados por Jamie Salter, un cómico con escaso éxito.Waldo empieza como sátira en un programa de TV, pero se presenta a las elecciones locales y gana por su discurso populista y viral en redes, a basa de ‘likes’ y el algoritmo que lo incentiva.
Los ‘tecno bros’ que, como modernos Prometeos, juegan a moldear un mundo nuevo con Donald Trump como ariete son amantes de la ciencia ficción. Elon Musk sueña con colonizar Marte y adora la ‘Guía del autoestopista galáctico’ de Douglas Adams. Peter Thiel bautiza sus empresas según el canon de Tolkien (Palantir) y es aficionado a Asimov (la robótica) y a Robert A. Heinlein (su libertarianismo 'tech'). Comparte esta élite de Silicon Valley su creencia en que el progreso debe ser dirigido por visionarios (ellos, por supuesto). Para ese fin la democracia molesta, la disidencia irrita, y sus críticos son Uruk Hai 'woke' que buscan asediarlos en el Abismo de Elm. Musk ha declarado que la ciencia ficción le inculcó el deber de salvar el mundo y en ello está, con su Waldo de pelo naranja. Al resto le toca el papel de ser una masa sonriente, servicial y siempre feliz en sus redes. Como ‘Pluribus’ y Carol Sturka, la disidente huraña, la persona más infeliz y lúcida del mundo.
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