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Opinión | Bloglobal

Groenlandia, año cero del disenso

El presidente de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, y la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, el martes en Copenhague.

El presidente de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, y la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, el martes en Copenhague. / LISELOTTE SABROE / EFE

No hay mejor vara de medir la crisis de cohesión y supervivencia política que afronta Europa -la UE y la OTAN- que el desarrollo de los acontecimientos en Groenlandia. O, por mejor decirlo, la tensión en aumento y sin parangón entre Estados Unidos y sus aliados históricos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Nada es comparable a la posibilidad cierta de que el presidente Donald Trump se haga por la fuerza con el control de la gran isla ártica, desafíe a los europeos y abra una crisis de identidad en la defensa atlántica, una situación que, de darse, vaciará de contenido la función defensiva de la OTAN y la transformará en el escenario elocuente de “un nuevo tipo de fascismo”, como define Siri Hustvedt el trumpismo en el titular de su artículo del último domingo en el diario El País. Con el añadido de que varias voces europeas, expresión de la extrema derecha, jalean los desmanes del presidente en su afán confeso de vaciar de contenido la construcción política de Europa.

En esa misión cuentan con aliados objetivos, aunque hasta hace muy poco nadie se hubiese atrevido a caracterizarlos de esa forma. El más reseñable es quizá Mark Rutte, secretario general de la OTAN, cuya actitud recuerda la imagen del perrito que escucha hipnotizado la voz de su amo en el famoso sello discográfico de este nombre, La Voz de su Amo -His Master's Voice, su nombre en inglés-, que se remonta a los tiempos del gramófono (Londres, 1901). Rutte es el monaguillo de Trump, el estómago agradecido que le ríe las gracias al jefe sin importarle su zafiedad manifiesta, el vocero que ha renunciado a pensar y que en el caso groenlandés es incapaz de introducir un solo matiz de desagravio o reconocimiento de que la resistencia danesa al atropello se fundamenta en dos sólidos pilares: el derecho internacional y la decencia.

El desenlace de la reunión del miércoles en Washington entre una misión danesa y la diplomacia a puñetazos encarnada en el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio no fue una sorpresa. Era imposible que Dinamarca renunciara a marcar dos líneas rojas -el respeto a la soberanía y el derecho a la autodeterminación de los groenlandeses- y que Estados Unidos bajara el diapasón. No tenía sentido esperar que la ceremonia propiciara una suavización del disenso; tiene todo el sentido que los socios de más peso de la Unión Europea y el Reino Unido salieran al paso en defensa de Dinamarca, que recordaran como suficiente y efectivo el reforzamiento del escudo defensivo de la OTAN en el Ártico para garantizar la seguridad colectiva de la región, incluida la de Estados Unidos, frente a la pretensión de Rusia y de China de convertir el escenario en un área de confrontación.

La realidad es, sin embargo, que Donald Trump persigue anexionarse Groenlandia para controlar sin competidores las rutas marítimas que se abren a raíz del cambio climático y los yacimientos de tierras raras. Para lograr tal cosa sin compartir el negocio con nadie necesita la isla con un despliegue militar incontestable y sin participación de los socios de la OTAN. La paradoja es que tal cosa es teóricamente posible sin poner a medio mundo patas arriba merced al tratado firmado por Dinamarca y Estados Unidos en 1951 -Harry S. Truman, en la presidencia- que ha permitido a los estadounidenses llegar a tener hasta tres bases en la isla, aunque a la fecha solo mantienen abierta una con una dotación mínima. No es cierto que incluyesen los cálculos de Truman, que, por cierto, no era un pacifista, la ocupación a las bravas del frente ártico en plena guerra fría y con el conflicto de Corea en su apogeo; es más verosímil que se impusiera el sentido común -control silente de la isla-, sin noticia por aquel entonces de la utilidad de las tierras raras, tan codiciadas ahora.

La extrañeza es máxima en ese ambiente de reacciones extremas cuando varios socios de la OTAN -crece el número- se movilizan para desplazar a Groenlandia efectivos militares que garanticen la seguridad del bloque y, al mismo tiempo, disuadan a la Casa Blanca de asaltar la isla. Es decir, aliados de Estados Unidos que desde 1949 forman parte de la misma organización militar se ponen en marcha para evitar que el gran valedor del atlantismo se haga con un territorio bajo soberanía de un aliado. Aparentemente, todo escapa a la lógica; en realidad, todo obedece a una lógica aplastante: en el imperialismo de nuevo cuño que anima a Donald Trump cualquier acuerdo, pacto o cortapisa que establezca reglas precisas de comportamiento constituye un obstáculo indeseable que es necesario derribar sin contemplaciones. Difunde de paso la Casa Blanca un léxico ad hoc grosero y cada día más desafiante mientras la popularidad del presidente se hunde en las encuestas.

Crecen las voces que alertan de la propagación de la ley de la selva, de ese reparto en áreas de influencia donde la crueldad es norma de conducta, una realidad frente a la que claudican incluso una parte de la derecha civilizada y de la socialdemocracia en plena crisis de identidad, que sigue sumida en el aturdimiento provocado por la última gran crisis financiera y por la quiebra del pacto social que saltó por los aires en tantos lugares. Carece Donald Trump de un compromiso ético identificable capaz de englobar frases como esta del neerlandés Joseph Luns, secretario general de la OTAN entre 1971 y 1984: “Para construir el futuro es indispensable tener en cuenta el pasado”.

Escribe Siri Hustvedt: “Los medios de comunicación tienen que dejar sus peroratas sobre la polarización y sus llamamientos sentimentales al diálogo. Los estadounidenses están polarizados con motivo. A nadie se le ocurriría hoy decir que, si unos grupos judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto. (…) Recuerdo la época en la que Donald Trump era un payaso, un chiste. La prensa internacional también consideraba un payaso a Adolf Hitler hasta que dejó de serlo”. Parafraseando a William Shakespeare -Hamlet, acto 1, escena, 4-, algo huele a podrido en Estados Unidos que no en el reino de Dinamarca.