No entres en ninguna mansión
Decía Balzac que toda fortuna esconde un crimen. Añado yo que las mansiones pueden acoger abusos y delitos
Dos extrabajadoras de las mansiones de Julio Iglesias le acusan de agredirlas sexualmente, según una investigación periodística
Julio Iglesias y las penas de cárcel a las que podría enfrentarse por sus agresiones sexuales: "de 10 a 15 años o incluso cadena perpetua"

Julio Iglesias durante un concierto / TELECINCO
Si alguna vez te invitan a una mansión, no vayas. Especialmente, si el anfitrión parece tan carismático como seductor. Recordemos el recibimiento en Drácula: “Bienvenido a mi casa. Entre libremente y deje algo de la felicidad que trae”.
Pónganle música de bachata o bolero a esta cita y podría ser perfectamente un verso de Julio Iglesias, que, como el Conde, viste de negro, tiene una mansión, adora la noche y necesita la sangre fresca, real o metafórica, para no marchitarse.
En realidad, da igual si el castillo está en Transilvania o en el Caribe, porque hay un patrón. Decía Balzac que toda fortuna esconde un crimen. Añado yo que las mansiones pueden acoger abusos y delitos, por el poder (y la sensación de inviolabilidad absoluta) de quien las ostenta, por la dificultad para huir (física, económica y emocionalmente) y porque se libran del escrutinio policial. Sobre todo, si están en una isla o en cualquier terreno secreto al que solo se llega en helicóptero o ferry.
Iglesias ha sido señalado por extrabajadoras de sus mansiones en las Bahamas y en República Dominicana. Algunas llamaban a la de Punta Cana La casita del Terror. Un nidazo en una finca de unas 450 hectáreas. Esto son unos cuatro millones y medio de metros cuadrados. O, por usar un sistema de medición que encanta en la capital del reino, y también al cantante y exportero del Real Madrid, unos 55,5 Bernabeus.
Pero, obviamente, hay más casos recientes. También con ecos góticos, tenemos el de las acusaciones a Neil Gaiman, genio de la literatura de género y de las historias oscuras, y hombre de voz aterciopelada con deje aristocrático. Hasta ocho víctimas lo acusaron de abusos sexuales y de poder. Una de ellas, de hecho, describió una escena: la llamaron para hacer de canguro en una mansión de un terreno de más de mil metros cuadrados en una islita a 35 minutos en ferry de Auckland, en Nueva Zelanda. Cuando llegó, no había niño. Gaiman le dio un par de copitas de rosado y la invitó a refrescarse a la luz de la luna en una bañera antigua que había preparado en medio de su jardín francés. El resto es historia y la pueden leer por ahí. Una historia para no dormir. O para tener pesadillas de las que no te salve ni Sandman.
Jeffrey Epstein también tenía una mansión y también en una isla: la de Little Saint James, con unas 30 hectáreas caribeñas. Por allí traficó con niñas y adolescentes e invitó a los hombres más poderosos del planeta (algunos de ellos, al mando del mundo ahora mismo). Había una sala de máscaras y un edificio a rayas azules y blancas, más apartado y con motivos laberínticos, llamado El Templo. El testimonio del que le limpiaba la piscina es inenarrable.
Repito: siempre que puedas evitarlo, no entres en una mansión. En sus alfombrillas de la entrada, debería imprimirse el mensaje de la puerta del infierno: “Los que entráis aquí, abandonad toda esperanza”. No digo que eso suceda en todos los casoplones y mucho menos que no haya abusos fuera de ellos (en cajeros, pisos enanos y hasta en aulas de colegio). Pero, ¿acaso no habéis leído 'Diez negritos', de Agatha Christie? ¿No habéis visto 'Gosford Park' o 'Puñales por la espalda'? ¿No habéis jugado al Cluedo? Allí, en esas casas donde los mortales no solemos entrar, pueden pasar cosas y son la mejor metáfora del privilegio. Cosas que queden impunes. Muchas mujeres entran libremente, pero dejan ahí dentro parte de (o toda) su felicidad. El problema no es la mansión, ni siquiera el dinero, sino la sensación de virtual impunidad que imprimen esas dos cosas en el hombre poderoso.
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