La Sagrada Familia es un bodrio
Parece impensable que en la tan civilizada Barcelona se haya repetido un disparate como la continuación de la Sagrada Familia, sin un proyecto arquitectónico mínimamente digno y coherente

Iluminadas las torres de los Evangelistas, Lluc y Marc, de la Sagrada Família / Jordi Cotrina
Soy testigo de una reflexión crítica compartida por muchos que rechazan la defensa de la continuación de la Sagrada Familia por parte de un reducto fundamentalista, de aquellos que “sólo se guían por la ley de Dios” y que se han apropiado de ella. La Sagrada Mentira (así la he denominado siempre) vulnera los derechos de autor, los derechos de los vecinos y del entorno, además de ser un ejemplo nefasto para las intervenciones y restauraciones en las otras obras de Gaudí, como en la Cripta de la Colonia Güell, la mejor obra del arquitecto, que ha sido ultrajada sin remedio.
Gaudí es el talento en sí mismo, es un genio (no un beato) y tiene recursos para todo, inventa continuamente, su universo formal no acaba nunca. El espíritu de globalidad que sostiene el corpus gaudiniano —la conjunción entre estructura, construcción y forma, el anhelo de unir todas las artes— se da muy raramente en la historia. Parece impensable que en la tan civilizada Barcelona se haya repetido un disparate como la continuación de la Sagrada Familia, sin un proyecto arquitectónico mínimamente digno y coherente. A la Catedral dels pobres, como la denominó el pintor Joaquín Mir, la han convertido en Gaudilandia.
El método de trabajo y la continua búsqueda y creatividad de Gaudí desautoriza el empleado por los actuales directores del proyecto. Están engañando a la gente. Los vecinos están hartos de tanto ruido y tanto polvo.
La continuación de las obras de la Sagrada Familia ha sido un tema recurrente y reiteradamente debatido. Sin un proyecto de acabamiento definido, con un planteamiento estructural totalmente contrario al establecido por Gaudí y sin ningún respeto hacia su obra, la continuación ha dado lugar, a lo largo de estos años, a un continuo agravio. Hoy no se sabe, ni se hace saber, dónde comienza y dónde acaba la obra del autor. Sobresale la mediocridad de un grupo de promotores y técnicos que, en el mejor de los casos, cargados de buena fe pero sumergidos en un paternalismo anacrónico, utilizan una vez más a Gaudí para dejar su impronta en detrimento de una obra magníficamente inacabada.
Ha pasado mucho tiempo desde que el franquismo pusiera en marcha esta maquinaria perversa. Por lo tanto denunciamos —porque no soy solo yo, sino muchos— que no se hayan cumplido las mínimas leyes democráticas; el gasto que supone construir un templo de tal magnitud, hoy tan alejado del pensamiento contemporáneo, especialmente cuando hay prioridades más urgentes en nuestra ciudad; y que una institución religiosa y privada pretenda expropiar la vía pública y una manzana del Eixample con la excusa de continuar explotando intereses que no corresponden a los de una nación laica y que atentan contra la ciudadanía.
El resultado es una serie de errores que han asentado una triste tradición: un precedente que ha marcado la falta de rigor en la remodelación o restauración de la mayoría de edificios de Gaudí. ¡Dejemos a Gaudí en paz!
Una polémica permanente ha acompañado esta obra desmedida, proyectada en un periodo de excesiva exaltación religiosa de su autor. Fueron voces locales las primeras en alertar de aquella ignominia, en momentos poco favorables para expresarse libremente. Más tarde se sumaron voces internacionales y grandes figuras de la modernidad, como Le Corbusier, Tàpies, Aalto, Sert, Gropius o Pevsner, quienes pidieron, a través de un manifiesto promovido por el Grupo R en la revista Destino, parar lo que consideraban una afrenta a la cultura arquitectónica. A pesar de la relevancia de los firmantes, las obras continuaron, haciendo del esfuerzo mismo el argumento para seguir edificando. Hubo varios episodios de la ciudadanía rebelándose contra la continuación de las obras. Circuló por la red un manifiesto firmado por representantes de instituciones culturales de todo el país pidiendo que se dejara a Gaudí en paz. También se denunció la continuación de las obras por vulnerar principios democráticos y por su coste inapropiado para una sociedad del conocimiento. Muchos nos manifestamos con velas alrededor del templo y desde una plataforma lanzábamos proclamas. Recuerdo también un dibujo del arquitecto Enric Miralles representando una estación del AVE atravesando el templo.
La obra de Gaudí no se ha entendido. De lo contrario se habría actuado con más sensibilidad para no transformar una arquitectura llena de conocimiento profundo en un artilugio kitsch destinado al turismo y a conseguir dinero. Dejar la obra inconclusa habría significado respetar su condición como creación del siglo XX, donde la idea de ruina ocupa un lugar fundamental. El reciente episodio de insensibilidad, prepotencia y secretismo —no se sabe quién trabaja en esta reconstrucción— que rodea la continuación del templo muestra una vez más las malas artes de los que la gestionan.
La Sagrada Familia es el precedente de intervenciones cuestionables en otras obras de Gaudí. Su continuación es innecesaria, fútil y perversa. Es una solemne equivocación desde el punto de vista estético y estructural: esas columnas sobrecargadas de cemento se craquelarán en cuanto el óxido comience a carbonatar las armaduras. Además, ¿quién puede querer otro templo cuando la Cripta es suficiente para los feligreses del barrio?
El método de Gaudí desautoriza el empleado por los directores actuales, quienes han escogido una fase de su proceso que él superó y abandonó. Sin una gran creatividad, pretender continuar la Sagrada Familia lleva a errores inconmensurables.
En el templo no dejan entrar a Mark Burry, comisario del Año Gaudí después de treinta años de colaboración. Tampoco a Bonet, hijo del ayudante de Gaudí. Ni a Soto, el japonés que acabó las esculturas de la fachada y al que incluso han querido hacer firmar documentos impresentables.
También está la pifia de la Stella Matutina (Estrella de la Mañana). Según el experto en estos temas, Ramon Baiget, es una advocación mariana asociada a la primera luz del amanecer; pero la estrella matutina no brilla de noche. La única luz proyectada por Gaudí es la cruz de Cristo, que no puede ser eclipsada ni competir con ella. Es especialmente grave que se haya hecho la torre de la Virgen más alta que la de los apóstoles. Además de cometer una blasfemia, elevar y ampliar su base destruye parte de la futura capilla de la Asunción. Ni siquiera han tenido en cuenta la tricromía de los vitrales que utilizaba Gaudí. A esto se suman las turbias maniobras alrededor del proceso de beatificación de Gaudí y la visita del nuevo Papa por parte del arzobispo Martínez Sistach y, sobre todo, del cardenal Omella.
Todo es un despropósito, una ceremonia de la confusión. Desgraciadamente estamos atrapados en una crisis sistémica.
(Antoni Gaudí, sobre la seva detenció el dia 11 de setembre del 1924):
"Vaig estar detingut quatre hores. Dues tancat en un calabós amb reixes. Pagant deu duros, vaig poder sortir. D’aquesta gent només se’n pot esperar coses així. Tot ho fan anar a la violència: van a la liquidació del país. Em van detenir arbitràriament i amb violència. Em van insultar: em van dir dues vegades ‘Vaya ud. a la mierda’ i ‘sinvergüenza’ diverses vegades. Em preguntaren si no sabia parlar castellà i els vaig dir que sí, però que no em donava la gana de parlar-hi. I no hi vaig voler parlar perquè tota aquesta agressivitat es fa contra Catalunya, i una de les coses que més caracteritza i més estima Catalunya és la llengua, que és la meva, i jo no vaig voler deixar-la en aquells moments de persecució, perquè l’odi d’ells era perquè jo els parlava en català.”
Maria del Mar Arnús de Urruela es crítica e historiadora del arte.
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