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Opinión | Libertad de expresión
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¿Prohibido opinar?

Que yo no haya vivido el nazismo, no impide que tenga una opinión de rechazo absoluto sobre ello y sobre los nazis

Cientos de personas durante la concentración en apoyo de Venezuela y de celebración por la captura de Nicolás Maduro, en la Puerta del Sol, a 3 de enero de 2026, en Madrid (España). Se trata de un acto de apoyo al pueblo venezolano, celebración de la detención de Maduro tras el ataque de Estados Unidos y exigencia de libertad para presos políticos y cambio de régimen.

Cientos de personas durante la concentración en apoyo de Venezuela y de celebración por la captura de Nicolás Maduro, en la Puerta del Sol, a 3 de enero de 2026, en Madrid (España). Se trata de un acto de apoyo al pueblo venezolano, celebración de la detención de Maduro tras el ataque de Estados Unidos y exigencia de libertad para presos políticos y cambio de régimen. / Diego Radamés / Europa Press

“Si no eres de Venezuela, no opines”. Lo hemos escuchado en infinidad de ocasiones en los últimos días. Pero donde digo Venezuela, pueden poner cualquier otro país o concepto. Es la forma más efectiva de parar una comunicación. Y frente a aquellos que denuncian haber vivido bajo censura y que no han tenido voz, resulta una petición bastante contradictoria.

Por supuesto que si has padecido una situación determinada tu conocimiento es diferente al que no lo ha vivido, porque desde ese momento tú tienes más que una opinión, tienes un testimonio. Pero si consideras que ese es un criterio para impedir que otros opinen, ¿dónde pones el límite? No podrías opinar de nada, ni siquiera de una película o un libro, porque tú no lo has escrito ni rodado. Por esa regla de tres, anularías hasta opiniones de apoyo a una causa necesaria.

Que yo no haya vivido el nazismo, no impide que tenga una opinión de rechazo absoluto sobre ello y sobre los nazis. Que yo no haya sido maltratada, no impide que yo opine y denuncie la violencia machista. Que yo no sea delfín o gata, no impide que yo muestre mi apoyo a los animales. No tiene sentido esa petición. Aún más, cuando hablamos de temas serios.

No, claro, España no vive en una dictadura (aunque ciertos representantes políticos dejen caer la idea de forma irresponsable), pero muchos españoles y españolas sí saben por sus abuelas, madres o padres lo que fue una dictadura. Muchas de esas personas siguen buscando a sus fusilados en cunetas. Así que sí, España sabe muy bien por su historia de no hace tantos años lo que es la falta de libertad política, la censura y la represión. Salvo los que la ejercían, que aún dicen que todo aquello era mentira.

Una cosa es que se impida a alguien opinar porque no ha nacido en un lugar o no ha vivido esa realidad. Y otra es reclamar que las opiniones estén fundamentadas, en la medida de lo posible. Recuerdo que en la Constitución se reconoce el derecho a emitir y recibir información, pero que debe ser veraz. Yo puedo opinar ahora mismo que el cielo es verde. Con seguridad preguntarán cómo acredito esto. Y no me darán validez, sino que me anularán de cualquier discurso porque mi opinión no es válida. Todas las disciplinas tienen forma de validar el conocimiento, porque esa es la base del aprendizaje.

El filósofo José Antonio Marina dejó claro que es respetable el derecho a exponer tu opinión, pero no hay que respetar todas las opiniones, porque pueden ser injustas. Y, añado, en consecuencia, pueden incluso poner en peligro desde derechos hasta la convivencia. El problema, como decía Marina, es que hay una crisis de argumentación. En parte, porque hay una crisis de atención.

Esa demanda en redes de que los vídeos nos duren más de dos minutos. Incluso hay quien solo ve treinta segundos de un vídeo y se lanza a comentar algo que estaba explicado y que ni ha llegado a escuchar. Opinar no exige haberlo vivido todo, exige informarse y argumentar. Pero eso parece que no hay mucho esfuerzo por hacer.

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