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Opinión | GATO ADOPTIVO

Los dos pecados de la financiación

La vicepresidenta del Gobierno María Jesús Montero, este viernes en Madrid.

La vicepresidenta del Gobierno María Jesús Montero, este viernes en Madrid. / JOSÉ LUIS ROCA

La reforma del sistema de financiación se ha convertido en el último campo de batalla. Sorprende la incapacidad española para acometer grandes reformas desde el sosiego, la técnica y la institucionalidad. Sin señalar a nadie en concreto, porque hay ejemplos a un lado y a otro, en las últimas horas hemos asistido a afirmaciones inexactas, cuando no falaces, con un único objetivo: sostener el relato. Siempre el relato. La política en España se ha encogido tanto que ya sólo parece un guión de Netflix, con giros para atraer a la audiencia y poca capacidad de consenso.

Es cierto que el acuerdo entre el Gobierno y ERC nace con un pecado original, como es apartar a las autonomías de la cocina del nuevo modelo. Si el plato ya viene servido, ¿qué se supone que se va a negociar en el Consejo de Política Fiscal y Financiera? La financiación, por definición, exige multilateralidad: comparar necesidades, fijar reglas estables, garantizar la solidaridad y medir el impacto con números. De lo contrario, el debate se convierte en una subasta de agravios en la que cada territorio mira su horizonte electoral antes que las realidades y necesidades del conjunto. Los ciudadanos, además, encuentran poco consuelo en que siempre haya sido así. Lo fue con González a principios de los noventa, con Aznar después, con Zapatero más tarde... La financiación autonómica rara vez ha escapado a la aritmética parlamentaria del gobierno de turno.

Pero tampoco hay que amputar la memoria, y ahí está el segundo pecado. El sistema vigente data de 2009 y debía actualizarse en 2014. Rajoy fue presidente hasta 2018 y prefirió no meterse en ese lío, por utilizar una de sus expresiones favoritas. Y, a día de hoy, tampoco conocemos una propuesta de Feijóo, pese a que el PP gobierna en la mayoría de comunidades y tendría una base excelente para impulsar una alternativa común.

“La política es el arte de lo posible”, decía Bismarck. Aquí corremos el riesgo de convertirla en el arte de lo conveniente. Y en financiación, lo conveniente casi nunca coincide con lo justo.

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