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Opinión | Inteligencia artificial
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De 'imbotsters' y hombres feroces

Crece la indignación contra ICE por una estadounidense abatida por agentes en Mineápolis

Crece la indignación contra ICE por una estadounidense abatida por agentes en Mineápolis / 'activos'

Esta semana he descubierto, no sin desconcierto, un nuevo síndrome asociado a la IA (¡todo va muy rápido!): el síndrome del 'imbotster'. Una especie de síndrome del impostor moderno, vaya. Leo que define el miedo y la ansiedad de muchos profesionales ante la posibilidad de que su trabajo sea percibido como no auténtico ante el perfeccionamiento de las creaciones de la inteligencia artificial. Está pasando que un buen trabajo, a veces, levanta sospechas.

Como ocurre con el síndrome del impostor, el síndrome del 'imbotster' lo padecen, precisamente, quienes no son impostores ni delegan sus tareas en la IA, algo ya imposible de frenar. El campo de pruebas es LinkedIn, que se ha convertido en un escaparate donde cada día más usuarios tiran de inteligencia artificial para desplegar logros con textos largos, profesionales y correctísimos. Tanto que uno no atisba el alma. El resultado es un paisaje de textos pulidos que no generan rechazo, pero tampoco interés.

De hecho, LinkedIn calcula que más de la mitad de sus publicaciones largas ya están generadas por IA. Eso explica la uniformidad de ese tipo de textos, pero no explica por qué aceptamos pretender ser perfectos cuando el defecto es, justamente, una prueba de humanidad. Incluso más, quizá sea "la tara" lo que define la personalidad. Es irregular, biográfica e intransferible, lo que nos hace únicos; justo lo contrario de un estándar eficiente y, quizá por eso mismo, irreplicable. Asumir el riesgo de ser reconocible es, tal vez, la única forma de perfección que merece la pena.

Tiro a bocajarro

Pequeñas cosas de lo cotidiano sobre las que pensar mientras una parte de nuestro córtex cerebral intenta asimilar las noticias que contamos estos días. Los grandes movimientos de la escena internacional —que a saber cómo acaban— y la muerte por un tiro a bocajarro de una mujer en Minnesota que se cruzó con un agente de policía para el que no encuentro palabras suficientes.

La IA, en un ejercicio de equilibrio y pulcritud, quizá me sugeriría describirlo como un agente formado para actuar con miedo y no con criterio; un cuerpo entrenado para reaccionar antes de pensar. No un monstruo excepcional, sino el producto bastante ordinario de un sistema que ha convertido la prevención en anticipación violenta. Fruto, digo yo, de una mentalidad propia de hombres feroces. Hoy hay tres niños que no tienen madre.

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